En la llanura de Adachigahara se contaba que una criatura devoradora de personas tomaba la forma de una anciana. Algunos viajeros habían desaparecido, y los vecinos procuraban no acercarse al lugar después del atardecer.
Un peregrino budista llegó allí sin conocer el camino. Había caminado todo el día, estaba hambriento y empezaba a sentir el frío del otoño. No encontró a nadie que pudiera orientarlo o advertirle del peligro.
Después de muchas vueltas vio una luz entre los árboles. Se acercó y descubrió una casa deteriorada, con la cerca rota y agujeros en las puertas de papel. Junto a una lámpara, una anciana hilaba.
—Me perdí —le explicó—. ¿Podría pasar la noche bajo su techo? Me alcanza con dormir en el suelo.
La mujer dijo que no tenía cama ni comodidades para huéspedes. Él insistió: estaba demasiado cansado para seguir. Al final ella lo dejó entrar y encendió un fuego.
El peregrino se quitó las sandalias y acercó las manos al calor. Su anfitriona preparó arroz y luego se sentó a conversar con él. A medida que pasaba la noche, el visitante pensaba en la suerte que había tenido al encontrar una persona tan amable.
Pero la leña se terminó y las llamas fueron apagándose. La anciana anunció que saldría a buscar más. Él quiso ir en su lugar, pero ella no aceptó.
—Sos mi invitado. Quedate acá y cuidá la casa.
Antes de alejarse volvió sobre sus pasos y agregó:
—No te muevas de este cuarto. Pase lo que pase, no mires dentro de la habitación del fondo.
El peregrino prometió obedecer. La mujer salió, y él quedó solo con una lámpara débil y el fuego apagado.
Por primera vez, la casa le pareció inquietante. ¿Qué habría detrás de aquella puerta? Intentó quedarse quieto. Después se levantó, dio unos pasos y regresó al lugar donde había estado sentado. No quería faltar a su palabra.
La anciana tardaba. El silencio aumentaba su miedo y su curiosidad. Finalmente se acercó al cuarto prohibido y deslizó la puerta.
Adentro había huesos humanos amontonados y manchas de sangre. El olor y la visión lo hicieron retroceder. Cayó al suelo temblando. Entonces recordó las historias de una criatura que atraía viajeros para comérselos.
No podía esperar a que regresara.
Agarró su sombrero y su bastón y salió corriendo. Apenas se había alejado cuando escuchó pasos a sus espaldas.
—¡Detenete! ¿Por qué miraste en la habitación?
Reconoció la voz de la anciana. Pero cuando volvió la cabeza vio que su cara se había transformado. Lo perseguía un ser furioso, de pelo suelto, con un cuchillo en la mano.
El peregrino corría como si no hubiera caminado durante horas. Repetía una plegaria a Buda mientras escuchaba a su perseguidora cada vez más cerca. No sabía cuánto podría resistir.
Cuando creyó que las piernas ya no lo sostendrían, el cielo empezó a aclararse. Con la llegada del amanecer, la criatura desapareció.
Él se detuvo, todavía sin aliento. Sacó sus cuentas de oración y agradeció a Buda la protección que, según creía, lo había salvado. Después siguió viaje hacia otra región. La llanura y la casa quedaron atrás.



