Una yaguareté quería hacerse una casa. Eligió un lugar y limpió la vegetación. Después se fue.
Un chivo que también buscaba dónde construir encontró aquel terreno despejado.
—¡Qué buen lugar!
Cortó unos postes con horquetas, los clavó y se retiró. Al día siguiente volvió la yaguareté y vio el trabajo nuevo.
—¿Quién me estará ayudando? ¡Debe de ser Dios!
Puso los travesaños y la viga principal del techo. Cuando el chivo regresó, pensó lo mismo y agregó otras vigas. Así siguieron, turnándose sin encontrarse: uno colocaba varas, el otro completaba paredes; una cubría el techo, el otro cerraba los huecos.
La casa quedó lista. La yaguareté entró, preparó su cama y se instaló. Poco después llegó el chivo.
—Esta casa es mía. Yo puse los postes y buena parte de las paredes.
—Es mía —respondió ella—. Yo limpié el terreno, coloqué travesaños y cubrí el techo.
Discutieron un rato. La yaguareté, que tenía ganas de comérselo, propuso compartirla. El chivo aceptó con miedo y colgó su hamaca bien lejos de la cama de ella.
A la mañana siguiente, su compañera le advirtió:
—Cuando me veas fruncir la frente, tené cuidado. Significa que estoy enojada.
—Y cuando yo sacuda la barba y estornude, más vale que huyas —respondió él—. No será una broma.
La yaguareté salió a buscar comida. Lejos de la casa mató un chivo grande y lo llevó para intimidar a su compañero.
—Preparalo para comer —le dijo, dejándolo en el suelo.
El chivo pensó que, si podía matar a uno tan grande, con él le resultaría todavía más fácil. Al día siguiente anunció que le tocaba salir a buscar alimento.
En el monte vio a otra yaguareté, grande y robusta. Se puso a cortar lianas. Cuando ella le preguntó para qué las quería, contestó con gravedad:
—Se viene un diluvio. El mundo se va a acabar. Si querés salvarte, dejá que te ate a un árbol antes de que yo también me asegure.
La yaguareté eligió un tronco alto y grueso. El chivo la ató con firmeza y, cuando ya no podía soltarse, la mató a golpes. Arrastró el cuerpo hasta la casa y lo dejó delante de su compañera.
—Si querés, preparala para comer.
Ahora ella también tenía miedo. Desde entonces, los dos se vigilaban.
Un día el chivo tomaba fresco bajo el alero. Miró a su compañera y vio que tenía la frente arrugada. Se asustó, sacudió la barba y estornudó. Ella recordó la advertencia, saltó de su sitio y huyó. El chivo también salió corriendo.
Y, según cuenta la historia, todavía corre cada uno para su lado.




