El galápago se había enemistado con un hombre, un teyú y una yaguareté por un casamiento con la hija de esta última. Para salir vencedor, preparó un engaño en la fuente donde todos iban a beber.
Metió allí una buena cantidad de sapitos y les enseñó lo que debían cantar cuando se acercara alguien:
—Turi, turi… ¡A romperles las piernas! ¡A herirles los ojos!
Después se retiró.
Llegó el mono con sed, oyó las voces y salió corriendo. Contó por todas partes lo que había pasado. Otros animales fueron a mirar, escucharon la amenaza y también huyeron.
El teyú probó suerte: no llegó a beber. La yaguareté se acercó y se retiró asustada. Por último fue el hombre, que escapó igual que los demás.
Solo faltaba el galápago. Lo llamaron para ver si se animaba. Él aceptó, con una condición: todos debían acompañarlo para mirar.
Partió tocando su gaita. Al acercarse a la fuente, les indicó a los otros que esperaran a cierta distancia. Avanzó solo hasta el borde y les ordenó a los sapitos que se callaran.
Los sapitos obedecieron. El galápago llenó su cántaro y volvió con el agua, triunfante, ante el asombro de todos. Después se casó con la hija de la yaguareté.




