Una yaguareté tenía una hija. El teyú, un lagarto, quería casarse con ella. El galápago también.
Al enterarse de su rival, el galápago fue a casa de la yaguareté y dijo que el teyú no valía nada, que hasta le servía de caballo. El lagarto oyó la noticia y se presentó indignado ante la misma familia.
—Voy a traerlo para darle una paliza delante de todos.
Salió a buscarlo. El galápago lo vio acercarse y corrió a meterse en su casa. Se ató un pañuelo en la cabeza y fingió estar enfermo.
El teyú lo invitó a ir de visita a casa de la yaguareté, sin confesar lo que pensaba hacer. El galápago respondió que aquel día no podía caminar. Después de mucha insistencia, propuso:
—Llevame sobre el lomo.
—Bueno, pero te bajás lejos de la puerta.
—Sí. Solo dejame poner una monturita. Así, sin nada, queda muy feo.
—¡No soy tu caballo!
—No digo que lo seas. Es para ir mejor sentado.
El teyú terminó aceptando. Después vino el pedido de la brida, con nuevas protestas y nuevas excusas. El galápago consiguió acomodar todos los arreos y se preparó también con látigo y espuelas.
Partieron. Antes de llegar, el lagarto le pidió que bajara y retirara la montura: no quería que lo vieran haciendo de caballo.
—Un poquito más, amigo. Me siento tan mal que no llegaría caminando.
Con esa excusa lo hizo avanzar hasta la misma puerta. Allí le dio con el látigo y las espuelas y llamó a los de adentro:
—¡Vengan a ver! ¿No les dije que el teyú era mi caballo?
Todos se rieron. El galápago, triunfante, invitó a la hija de la yaguareté a subir detrás de él para ir a casarse. Así ocurrió, mientras el teyú quedaba lleno de vergüenza.




