Un estudiante pobre iba por el camino hacia una ciudad cuando encontró, junto a la puerta de la muralla, el cuerpo de un hombre sin enterrar. Los que pasaban lo pisoteaban; otros le arrojaban palos o le escupían. El estudiante tenía poco dinero, pero pagó un entierro para que cesaran aquellos ultrajes. Rezó ante la tierra recién removida y siguió su viaje.
En un robledal lo venció el sueño. Al despertar descubrió, maravillado, una bolsa llena de oro. Agradeció a la mano invisible que lo había ayudado y llegó a un río grande. Necesitaba cruzarlo en barca.
Los dos barqueros vieron la bolsa. Lo hicieron subir y, al llegar a un remolino, le quitaron el dinero y lo arrojaron al agua. La corriente lo llevaba, casi sin conocimiento, cuando logró aferrarse a una tabla. Gracias a ella alcanzó la orilla.
Pero no era una tabla. Era el espíritu del hombre que había enterrado.
—Honraste mis restos —le dijo—. Quiero agradecértelo. Voy a enseñarte un encantamiento para que puedas convertirte en cuervo, liebre y ciervo.
Le enseñó las palabras, y el estudiante aprendió a tomar las tres formas. Siguió andando hasta llegar a la corte de un rey poderoso. Allí entró al servicio como arquero.
El rey tenía una hija hermosa que vivía en una isla inaccesible, rodeada por el mar. Su castillo era de cobre. La princesa guardaba una espada capaz de vencer al ejército más numeroso con solo blandirla.
Cuando los enemigos invadieron el reino, el rey necesitó aquella arma. Nadie había conseguido llegar hasta la isla. Anunció entonces que quien trajera la espada se casaría con su hija y lo sucedería en el trono.
Ninguno se atrevía. Finalmente se presentó el estudiante, ahora arquero, y pidió una carta para que la princesa supiera que iba en nombre de su padre. El rey se la entregó, ante el asombro de todos.
El joven entró en el bosque sin advertir que otro arquero lo seguía. Se volvió liebre, después ciervo, y recorrió a toda velocidad una gran distancia hasta la costa. Allí se transformó en cuervo y voló sobre el mar hasta la isla.
Ya en el castillo de cobre, recuperó su forma humana y entregó la carta. La princesa se enamoró de él en cuanto lo vio. Quiso saber cómo había llegado a una morada a la que no alcanzaba ningún viajero. Él le explicó su encantamiento.
—Mostrame cómo te convertís en ciervo —pidió ella.
El joven se transformó y empezó a saltar y acercarse cariñosamente. La princesa le arrancó a escondidas un mechón del lomo. Después él se volvió liebre y ella tomó otro poco de pelo. Por último se convirtió en cuervo y voló por la habitación; la princesa le quitó algunas plumas del ala.
Escribió una respuesta para su padre y entregó la espada. El joven cruzó el mar como cuervo, recorrió la tierra como ciervo y, al acercarse al bosque, tomó forma de liebre.
El otro arquero lo esperaba escondido. Lo reconoció al verlo cambiar, tensó el arco y lo mató de un flechazo. Se apoderó de la espada y la carta, volvió a palacio y exigió la recompensa.
El rey, lleno de alegría, le prometió la mano de su hija. Montó a caballo y salió contra los invasores. Apenas distinguió sus estandartes, blandió la espada hacia los cuatro puntos del mundo. A cada movimiento caían muertos grupos enteros; los sobrevivientes huyeron aterrados.
El rey regresó victorioso y mandó buscar a la princesa para celebrar la boda. Prepararon el banquete, iluminaron el castillo y convocaron a los músicos. Ella estaba triste junto al arquero impostor. Sabía que no era el joven de la isla, pero no se animaba a preguntarle a su padre por el otro. Lloraba en secreto.
Mientras tanto, el estudiante permaneció muerto, con su piel de liebre, bajo un roble durante un año entero. Una noche despertó como de un sueño profundo. A su lado estaba el espíritu del hombre enterrado: había vuelto para devolverle la vida y contarle lo sucedido.
—Mañana es la boda. Apurate. La princesa va a reconocerte, y también el arquero que te mató.
El joven se levantó y corrió al castillo. Entró en el salón donde los invitados comían y bebían. La princesa dio un grito de alegría y se desmayó al verlo. El impostor palideció de miedo.
El estudiante contó la traición y el asesinato. Para probar su historia se transformó delante de todos en ciervo y se acercó a la princesa. Ella sacó el mechón que había guardado: al apoyarlo sobre el lomo, volvió a crecer en su lugar. Luego él se hizo liebre y ocurrió lo mismo con el otro mechón. Por último se volvió cuervo. La princesa acercó las plumas a sus alas y se unieron al cuerpo.
El rey mandó ejecutar al asesino. Trajeron cuatro caballos salvajes, sin domar, y ataron a ellos sus manos y sus pies. Al azuzarlos con el látigo, los animales tiraron en distintas direcciones y lo despedazaron.
El estudiante se casó con la princesa. El castillo volvió a iluminarse, y hubo comida, bebida y alegría. Esta vez ella no lloraba: tenía al marido que había elegido.





