Un hombre buscaba árboles rectos para hacer postes cuando oyó gemidos debajo de un montón de piedras. Se acercó y descubrió que los lamentos salían de debajo de una roca enorme.
Cortó un tronco, lo usó como palanca y consiguió levantarla. De allí salió un dragón que, en cuanto quedó libre, abrió la boca para tragárselo.
—¡Te acabo de salvar la vida! —protestó el hombre.
—Y yo llevo cientos de años sin comer —respondió el dragón—. Así funciona el mundo. Así paga sus deudas.
El hombre pidió que alguien juzgara el asunto. Si le daban la razón al dragón, aceptaría su suerte.
Pasó primero un perro viejo. Había cuidado la casa de su dueño durante años, había vigilado de noche y la había protegido de ladrones e incendios. Ahora veía y oía poco, y su amo quería matarlo. Había tenido que huir.
—El dragón tiene razón. Así paga el mundo sus deudas.
El hombre consiguió que escucharan a un segundo juez. Era un caballo que avanzaba rengueando. Contó que había trabajado hasta quedarse sin fuerzas. Ya no podía arrastrar ni cargar, y su dueño decía que no valía lo que comía y quería pegarle un tiro.
—Así es el mundo —concluyó también.
El dragón volvió a abrir la boca. Entonces el hombre vio a un zorro entre las piedras.
—Probemos una tercera vez. Si él piensa lo mismo, no voy a pedir más.
El zorro escuchó el caso y llamó al hombre aparte.
—¿Qué me das si te libero?
—Podés venir a mi gallinero cada jueves por la noche y disponer de mis gallinas y mis gansos.
El zorro volvió hacia el dragón.
—No entiendo cómo un animal tan grande pudo caber debajo de esa piedra.
El dragón explicó que estaba tomando sol cuando una roca se había desprendido de la ladera.
—Puede ser. Pero hasta verlo, no lo creo.
Para demostrarlo, el dragón volvió a meterse en el hueco. El hombre y el zorro retiraron la palanca; la roca cayó y lo dejó atrapado otra vez.
El dragón gimió y pidió ayuda, pero ellos se alejaron.
El jueves siguiente, el zorro fue a cobrar su recompensa. Entró al gallinero detrás de la muchacha que alimentaba a las aves. Comió tanto que no pudo salir y se quedó dormido, con las patas estiradas.
Por la mañana lo encontraron. La dueña de casa y las muchachas acudieron con palos y escobas. Lo golpearon hasta que el zorro creyó que no iba a salir vivo.
Entonces vio un agujero en el piso. Se metió por allí y escapó hacia el bosque, dolorido y rengueando.
Mientras se alejaba, repitió las palabras que había oído junto a la roca:
—Sí. Así funciona el mundo. Así paga sus deudas.



