Había un capitán al que todo le salía bien. Conseguía los mejores cargamentos, volvía con ganancias enormes y parecía llevar el viento a donde fuera. Decían que le bastaba girar el sombrero para cambiar la dirección de las ráfagas.
Durante años navegó comerciando madera y llegó hasta China. Pero tanta suerte tenía una explicación: había hecho un trato con el diablo. Y el día en que debía pagarle llegó mientras cruzaba el mar del Norte, con todas las velas desplegadas.
El capitán salió a cubierta y miró el tiempo. Después llamó al carpintero y a varios marineros.
—Bajen a la bodega. Hagan dos agujeros en el fondo del barco y encajen las bombas en ellos.
La tripulación no entendía el encargo, pero lo cumplió. Ajustaron las bombas con tanto cuidado que el agua no podía pasar a la carga. Solo subía por el interior de los tubos, que quedaban comunicados directamente con el mar.
Apenas terminaron de arrojar por la borda las astillas del trabajo, una ráfaga trajo al diablo. Se lanzó sobre el capitán y lo agarró del cuello.
—¡Esperá! No hace falta tanto apuro.
El capitán se ayudó con una herramienta de marinero para soltarse de las garras y señaló hacia las bombas.
—¿No te comprometiste a mantener mi barco seco y sin filtraciones? Mirá cuánta agua hay ahí adentro. Primero bombeá hasta sacarla toda; después podés llevarme.
El diablo miró el agua que llenaba los tubos y empezó a trabajar.
Bombeó y bombeó. El sudor le corría por la espalda, pero el nivel nunca bajaba. Cada vez que sacaba agua del tubo, entraba más desde el mar. Y el agua que arrojaba por la borda volvía al mismo mar del que había salido.
No se dio cuenta del truco. Siguió hasta que no tuvo fuerzas para mover los brazos.
Entonces abandonó la tarea y se fue, furioso y agotado, a descansar a casa de su abuela. Al capitán lo dejó seguir siendo capitán todo el tiempo que quisiera.
Y si todavía vive, quizá siga por esos mares, cargando y descargando mercaderías, mientras acomoda el viento con una vuelta de sombrero.



