El diablo le propuso a un campesino que trabajaran juntos durante tres años. Él pondría el terreno y el hombre pondría las semillas. Al terminar el plazo, el campo quedaría para el campesino.
—¿Y cómo vamos a repartir la cosecha? —preguntó el hombre.
—Yo me llevo lo que crezca encima de la tierra. Vos te quedás con lo que haya debajo.
El campesino aceptó y sembró papas.
Cuando llegó la cosecha, al diablo le tocaron las matas. El hombre sacó las papas de la tierra y se las llevó. Su socio se quedó mirando las hojas, furioso.
—Este año lo haremos al revés —dijo—. Será mío todo lo que crezca debajo de la tierra. Para vos quedará lo de arriba.
El campesino sembró sandías y melones. Los cuidó durante la temporada y, cuando maduraron, los juntó. El diablo vino a buscar su parte y solo encontró raíces.
Esta vez pensó largo rato antes de decidir.
—En el tercer año me quedaré con lo de arriba y con lo de abajo. Vos recibirás lo que crezca en el medio.
El campesino sembró maíz. A la hora de repartir, las raíces quedaron para el diablo, y también las puntas de las plantas. Los choclos, que crecían en el medio del tallo, fueron para el hombre.
Se habían cumplido los tres años y el diablo no había conseguido una sola buena cosecha para llevarse.
—Me ganaste —gruñó—. El campo es tuyo. ¡Pero ya nos volveremos a ver!
Se fue con su enojo. El campesino se quedó en la tierra que había trabajado y que, según el trato, ahora le pertenecía.



