Macdonald, el señor del castillo de Saddell, necesitaba una prenda de abrigo, de esas que se confeccionaban en una sola pieza. Contrató a un sastre y le propuso un trato: si la terminaba de noche, dentro de la vieja iglesia, recibiría una recompensa muy buena.
Todos decían que aquella iglesia estaba encantada. El sastre también lo había oído. Pero tenía ganas de ganar el dinero y aceptó.
Al anochecer subió por el valle con la tela, el hilo y sus herramientas. Eligió una lápida para sentarse, encendió una vela, se puso el dedal y comenzó a coser.
Durante un rato solo se oyó el movimiento de la aguja. Después el piso empezó a temblar.
Entre las piedras apareció una cabeza gigantesca. El sastre levantó la vista, aunque no dejó de mover las manos.
—¿Ves esta cabeza enorme que tengo? —retumbó una voz.
—La veo, pero sigo cosiendo esto —contestó el sastre.
La cabeza subió un poco más y dejó a la vista un cuello descomunal.
—¿Ves este cuello enorme que tengo?
—Lo veo, pero sigo cosiendo esto.
La aguja entraba y salía de la tela. El gigante siguió emergiendo hasta mostrar los hombros y el pecho.
—¿Ves este pecho enorme que tengo?
—Lo veo, pero sigo cosiendo esto.
Entonces aparecieron los brazos. El monstruo los sacudió delante de la cara del sastre, que ya cosía todo lo rápido que podía.
—¿Ves estos brazos enormes que tengo?
—Los veo, pero sigo cosiendo esto.
Una pierna salió del suelo y golpeó las baldosas. El gigante volvió a preguntar, y el sastre volvió a responder. Pero ahora sus puntadas eran más largas: calculaba cuánto le faltaba a él y cuánto le faltaba al otro para poder correr.
Cuando el gigante empezó a sacar la segunda pierna, el sastre terminó la última costura. Apagó la vela, saltó de la lápida y salió con el traje bajo el brazo.
El monstruo rugió y fue detrás de él.
Bajaron por el valle a toda velocidad. El gigante le ordenaba que se detuviera, pero el sastre tenía ventaja y unas piernas ligerísimas. Llegó al castillo, cruzó la entrada y cerró el portón.
Un instante después, el perseguidor golpeó la pared de arriba y dejó la marca de sus cinco dedos. Dicen que todavía puede verse si uno mira con atención.
Macdonald pagó la recompensa. Revisó la prenda y quedó satisfecho: nunca notó que, cerca del final, algunas puntadas habían quedado bastante largas.



