Un gallo cantaba sobre un montón de estiércol, con las alas abiertas y el pecho bien levantado. Un zorro pasó cerca y se detuvo a escucharlo.
—¡Qué bien cantás! —le dijo—. ¿Podés hacerlo parado en una pata y con un ojo cerrado?
—Por supuesto.
El gallo levantó una pata, cerró un ojo y lanzó su canto. Después batió las alas, orgulloso de la demostración.
—Muy bonito —dijo el zorro—. Casi tan bonito como un sermón en la iglesia. Pero cantar en una pata y con los dos ojos cerrados ya debe ser demasiado difícil.
—¿Difícil para mí? Mirá.
El gallo cerró ambos ojos. Antes de que terminara de cantar, el zorro lo agarró por el cuello, se lo echó sobre el lomo y corrió hacia el bosque.
Debajo de un abeto viejo lo dejó en el suelo y apoyó una pata sobre su pecho. Estaba a punto de darle el primer mordisco cuando el gallo habló.
—¡Así que ni siquiera vas a rezar antes de comer! Un buen cristiano da las gracias por su comida.
El zorro no quería que dijeran eso de él. Soltó al gallo para juntar las patas y empezar la oración.
En ese instante, el ave dio un salto, abrió las alas y voló hasta una rama alta.
El zorro miró hacia arriba. Todavía no pensaba rendirse. Se alejó un poco y regresó con unas astillas que habían dejado los leñadores.
El gallo estiró el cuello para ver qué llevaba.
—¿Qué es eso?
—Unas cartas que acabo de recibir. ¿Bajás a ayudarme? Yo no sé leer esa letra.
El gallo se acomodó junto al tronco y miró a lo lejos.
—Con mucho gusto, pero ahora no puedo. Desde acá veo que viene un cazador. ¡Ahí está! ¡Ya se acerca!
El zorro dejó de pensar en cartas y en gallos. Salió corriendo entre los árboles tan rápido como le daban las patas.
El gallo se quedó en su rama. Esta vez, el que se había creído el engaño era el zorro.



