Nasrudín necesitaba una olla grande y fue a pedírsela prestada a un hombre que trabajaba con utensilios de metal. El dueño se la entregó. Era una buena olla, de esas que ocupan casi todo el espacio sobre el fuego.
Cuando Nasrudín volvió a devolverla, había una cacerolita en el fondo. El hombre la sacó, la miró de un lado y del otro y preguntó de dónde había salido.
—La olla tuvo cría mientras estaba en mi casa —respondió Nasrudín.
El dueño volvió a mirar la cacerolita. Podría haber discutido aquella explicación, pero se trataba de un utensilio que no tenía antes. Guardó la olla y también su inesperada cría.
Tiempo después, Nasrudín apareció de nuevo. ¿Podría llevarse prestada la misma olla? El hombre aceptó y se la dejó llevar.
Pasó un día. Pasaron varios más. La olla no volvía y tampoco había noticias de nuevas cacerolas. Al quinto día de espera, el dueño fue a buscarla. Golpeó la puerta hasta que Nasrudín salió.
—Vengo por mi olla.
Nasrudín puso una expresión grave.
—Lamento decirte que murió.
—¿Cómo va a morir una olla? —exclamó el hombre—. ¡Una olla no está viva!
Nasrudín lo miró con sorpresa.
—Cuando te dije que había tenido una cría, me creíste. ¿Y ahora no querés creer que pudo morir?



