Un muchacho huérfano recorría los caminos en busca de trabajo. No tenía padre ni madre y necesitaba ganarse el pan. Un día llegó a una choza solitaria, al pie del bosque. En la puerta había un anciano que, en lugar de ojos, tenía dos cavidades oscuras. Las cabras balaban en el establo.
—Si pudiera llevarlas a pastar... —se lamentaba el viejo—. Pero estoy ciego y no tengo a quién mandar.
—Mandame a mí —dijo el muchacho—. Puedo cuidar las cabras y ayudarte en casa.
El anciano le preguntó quién era. El chico contó su historia y dijo que se llamaba Juanito. El viejo lo tomó a su servicio, pero le hizo una advertencia:
—No lleves las cabras a aquella colina del bosque. Allí están las jezinkas. Te hacen dormir y después te arrancan los ojos, como hicieron conmigo.
—No tengas miedo. A mí no me van a sacar los ojos.
Los dos primeros días Juanito dejó pastar las cabras al borde del bosque. Al tercero pensó que no tenía por qué temerles a las jezinkas y decidió buscar mejores pastos. Cortó tres brotes verdes de zarza, los guardó en el sombrero y subió directamente a la colina.
Las cabras se dispersaron para comer. Él se sentó a la sombra, sobre una piedra. De pronto tuvo delante a una joven vestida de blanco, de largos cabellos negros y ojos oscuros como endrinas.
—¡Dios te bendiga, cabrerito! Mirá qué manzanas tenemos en nuestro jardín. Te regalo una para que sepas lo buenas que son.
Le ofreció una manzana rosada. Juanito comprendió que, si la comía, se dormiría y perdería los ojos.
—Muchas gracias, hermosa muchacha. Mi amo tiene un manzano con frutas todavía mejores. Ya comí hasta llenarme.
—Bueno, no voy a obligarte.
La joven se fue. Al rato llegó otra, aún más hermosa, con una rosa roja.
—¡Dios te bendiga, cabrerito! Acabo de cortar esta rosa. ¡Qué perfume! Acercate a olerla.
—Muchas gracias. En el jardín de mi amo hay rosas todavía más lindas. Ya olí todas las que quería.
—¡Entonces dejala! —respondió ella, furiosa, y se alejó.
La tercera muchacha era la más joven y la más bella. Lo saludó y él le devolvió el saludo.
—Sos un lindo muchacho —le dijo—, pero quedarías mejor con el pelo bien peinado. Vení, te lo arreglo.
Juanito no contestó. Cuando ella acercó las manos a su cabeza, él se quitó el sombrero, sacó una rama de zarza y le golpeó ambas manos. La joven gritó pidiendo auxilio. Lloraba, pero no podía moverse. Juanito le ató las manos con la rama espinosa.
Acudieron sus dos hermanas y le suplicaron que la soltara.
—Desátenla ustedes.
—No podemos. Tenemos las manos delicadas y nos vamos a pinchar.
Al ver que él no cedía, se acercaron a intentar deshacer la atadura. Juanito saltó, golpeó a cada una con las otras ramas y también les ató las manos.
—¡Ahora las tengo, malvadas jezinkas! ¿Por qué le arrancaron los ojos a mi amo?
Las dejó cautivas y volvió a buscar al anciano.
—Vení conmigo. Encontré a quienes van a devolverte los ojos.
Ya en la colina, exigió a la primera jezinka que dijera dónde estaban. Ella aseguró que no sabía nada. Juanito la amenazó con arrojarla al río que corría debajo de la colina y se dispuso a hacerlo.
—¡No, Juanito! ¡Te los voy a dar!
Lo condujo a una cueva. Allí había un montón de ojos grandes y pequeños, negros, rojos, azules y verdes. Sacó dos y se los entregó. Juanito los colocó en las órbitas del anciano.
—¡Ay, estos no son los míos! ¡No veo más que lechuzas!
Enfurecido, Juanito arrojó a la jezinka al agua. Después se volvió hacia la segunda. Ella también negó saber dónde estaban los ojos y también cedió cuando él amenazó con ahogarla. Eligió otro par del montón.
—¡Tampoco son los míos! —gritó el anciano cuando se los colocaron—. ¡No veo más que lobos!
Juanito arrojó a la segunda jezinka al río. El agua se cerró sobre ella. Entonces interrogó a la menor. La joven lo llevó a la cueva y le dio otros dos ojos, pero el viejo volvió a quejarse:
—¡Estos tampoco! ¡No veo más que lucios!
Juanito advirtió el nuevo engaño y se preparó para ahogarla. Ella le rogó entre lágrimas:
—¡No me tires! Ahora sí te voy a dar los ojos de tu amo.
Los sacó de debajo de todo el montón. Apenas Juanito se los puso, el anciano exclamó:
—¡Estos son! ¡Alabado sea Dios! ¡Vuelvo a ver bien!
Desde entonces los dos vivieron juntos y contentos. Juanito llevaba las cabras a pastar; el anciano hacía quesos en casa y después los compartían. La jezinka que había sobrevivido no volvió a aparecer en aquella colina.




