Glooskap tenía un enemigo: un poderoso hechicero que, después de probar otras maneras de matarlo, se había convertido en una gran serpiente.
En aquellos tiempos Glooskap conoció a un muchacho llamado Nmmokswess, el Cibelino. El chico tenía una flauta capaz de atraer a todos los animales cuando alguien la tocaba. Un día, mientras Glooskap estaba lejos, el chico rompió la flauta. Nmmokswess sintió tanta pena que no volvió a su casa: se internó en el bosque.
Glooskap supo en su corazón que había ocurrido algo malo. Al regresar, preguntó a la abuela dónde estaba el muchacho, pero ella sólo pudo llorar.
—Aunque tenga que andar para siempre, voy a encontrarlo —dijo.
Siguió sus huellas por la nieve durante tres días. La tercera noche oyó un canto que llegaba desde una hondonada. Era el canto mágico que se entona cuando el peligro es grande y la muerte está cerca.
Glooskap rodeó el lugar y miró hacia abajo. Vio una vivienda y reconoció la voz del chico, que cantaba contra todas las serpientes mientras caminaba alrededor de la casa buscando un palo recto.
Entonces comprendió lo sucedido. At-o-sis, la Serpiente, lo había atraído hacia el bosque con sus artes. Estaba adentro y había mandado al muchacho a buscar aquel palo.
Glooskap respondió con un canto suave. Le indicó que eligiera uno muy torcido y le explicó qué debía hacer después.
Nmmokswess entró con el palo más torcido que encontró.
—¿Por qué trajiste algo tan malo? —preguntó At-o-sis.
—Es muy torcido, sí. Pero lo más torcido puede volverse lo más derecho. Conozco un encantamiento: primero lo caliento en el fuego y después lo enderezo. Ya vas a ver.
La Serpiente quiso observar de cerca aquella maravilla. El chico esperó a que la punta estuviera al rojo vivo; entonces se la hundió en los ojos y la dejó ciega. Salió corriendo.
At-o-sis lo siguió fuera de la vivienda. Allí lo esperaba Glooskap, que lo mató de inmediato.
Así termina esta historia de los tiempos antiguos.




