En la comarca de Osojani, también llamada Ossiach, las serpientes se multiplicaron tanto que aparecían por todas partes. Entraban en las casas, las iglesias, las lecherías y hasta en las camas. Ni siquiera se podía comer en paz: las hambrientas se metían en los platos.
La mayor amenaza era una serpiente blanca, monstruosamente grande, que habían visto atacar al ganado en Ososcica, la montaña que el testimonio también llama Görlitz Alpe. Los campesinos organizaron procesiones y peregrinaciones para pedirle a Dios que los librara de aquella plaga, pero nada cambió.
Cuando ya no sabían qué hacer, llegó un desconocido. Prometió acabar con todas las serpientes, con una condición: tenían que asegurarle que no habían visto una gran serpiente blanca.
—No vimos ninguna —contestaron algunos de los que lo rodeaban.
El hombre mandó apilar leña alrededor de un abeto alto. Trepó hasta la copa y ordenó que prendieran fuego por todos lados y se apartaran deprisa.
Cuando las llamas subieron, sacó del bolsillo una flauta de hueso y la tocó con tanta fuerza que a todos les zumbaban los oídos. Serpientes, lagartos y salamandras acudieron desde todas partes. Una fuerza extraña los empujaba a saltar al fuego, donde morían.
De pronto se oyó desde la montaña un silbido más potente y agudo. Todos quedaron aterrados. El hombre, en lo alto del abeto, empezó a temblar.
—¡Ay de mí! ¡Ya no tengo salvación! Esa es una serpiente blanca. ¿Por qué me engañaron? Al menos tengan piedad y no se olviden de dar cada año una limosna a los pobres en mi nombre.
Apenas terminó de hablar, la enorme serpiente bajó sobre las rocas con el estrépito de un torrente. Se arrojó al lago y levantó espuma. Lo cruzó nadando y se precipitó sobre la hoguera.
Se alzó contra el abeto y empujó al hombre al fuego. Ella también cayó entre las llamas. Se retorció y silbó de manera espantosa, pero el fuego terminó por vencerla.
Así murieron la serpiente monstruosa y los demás animales que habían acudido. Los campesinos pudieron volver a sus tareas y los pastores llevaron otra vez el ganado a la montaña sin miedo.
La gente conservó la promesa de sus antepasados. Según cuenta esta leyenda, cada año, en aquel mismo día, distribuye granos entre los pobres en memoria del hombre que murió.




