Un emperador y una emperatriz tenían tres hijas. Cuando el padre enfermó, mandó a la mayor a buscar agua. Junto al agua había una serpiente.
—¿Querés casarte conmigo? —le preguntó.
—No.
—Entonces no te doy agua.
La segunda hija pensó que a ella sí se la daría y fue a probar. Pero la serpiente le hizo la misma pregunta. Como también se negó a casarse, regresó con las manos vacías.
La menor salió entonces. Cuando la serpiente le pidió matrimonio, respondió que sí. La serpiente sacó agua del fondo, fresca y fría. La princesa se la llevó a su padre; él bebió y recuperó la salud.
El domingo llegó un carruaje. Quienes lo acompañaban llamaron cantando:
«Abrí la puerta, princesa. ¿Por qué amó la querida? ¿Por qué sacó agua del vado, princesa?»
La joven se asustó y lloró, pero fue a abrir. Entonces cantaron:
«Abrí las habitaciones, princesa. ¿Por qué amó la querida? ¿Por qué sacó agua del vado, princesa?»
Entraron y dejaron a la serpiente en un plato, sobre la mesa. Allí parecía hecha de oro. Luego salieron y volvieron a cantar:
«Subí al carruaje, princesa. ¿Por qué amó la querida? ¿Por qué sacó agua del vado, princesa?»
La llevaron a la casa de la serpiente. Vivieron allí y tuvieron una hija. También llevaron a vivir con ellos a la madrina, pero era una mujer malvada.
La niña murió poco después. Su madre murió también, al poco tiempo. Una noche la madrina fue a la tumba de la princesa y le cortó las manos. Las llevó a casa, calentó una papilla aguada y las escaldó para quitarles los anillos de oro.
Entonces, por disposición de Dios, la princesa regresó a buscar sus manos. Dijo:
«Duermen las gallinas, duermen los gansos; solo mi madrina sigue despierta. Escalda manos blancas en la papilla, les quita los anillos de oro».
La madrina se escondió debajo de la estufa. La princesa repitió:
«Duermen las gallinas, duermen los gansos; solo mi madrina sigue despierta. Escalda manos blancas en la papilla, les quita los anillos de oro».
A la mañana siguiente encontraron muerta a la madrina debajo de la estufa. No le dieron una sepultura digna: la arrojaron a un hoyo.





