La mujer de un anciano pobre murió en pleno invierno. La tierra estaba dura por el frío, y él pidió ayuda a sus vecinos para cavar la sepultura. Todos se negaron. Tampoco el sacerdote del pueblo quiso hacer el funeral sin recibir antes su pago.
El anciano tomó un hacha y una pala y fue solo al cementerio. Rompió la tierra congelada y comenzó a cavar. Al cabo de un rato, la herramienta golpeó una vasija de metal llena de monedas de oro.
La llevó a su casa, agradecido por poder despedir a su mujer. En cuanto hubo dinero, aparecieron manos dispuestas a trabajar. Compró un ataúd, preparó comida para quienes la recordarían y volvió a ver al sacerdote.
Esta vez llevaba una moneda de oro. El hombre que lo había rechazado lo recibió con amabilidad y se ocupó de la ceremonia.
Después del funeral, el sacerdote participó de la comida. Al salir, esperó a estar solo con el anciano y le preguntó de dónde había sacado semejante riqueza. Insinuó que debía confesar un robo o algo peor.
El anciano explicó que había encontrado el tesoro mientras cavaba. El sacerdote no pudo dejar de pensar en aquellas monedas.
Esa noche mató una cabra y se puso su piel, con los cuernos y la barba. Su esposa lo ayudó a coserla alrededor del cuerpo para que no se cayera. Disfrazado así, fue a golpear la ventana del anciano.
—¡Soy el diablo! Ese tesoro era mío. Te lo mostré para que pagaras el entierro, no para que te quedaras con todo. ¡Devolvémelo!
El anciano vio los cuernos en la oscuridad. Asustado, decidió que prefería seguir pobre a quedarse con un dinero que le trajera aquel visitante. Sacó la vasija, la dejó afuera y cerró la puerta.
El sacerdote corrió a su casa con el oro. Le pidió a su esposa que cortara las costuras del disfraz.
Pero, cuando ella acercó el cuchillo, él gritó de dolor. Lo intentaron en otro lugar: pasaba lo mismo. La piel de cabra se había unido a su cuerpo.
Probaron todo lo que se les ocurrió. Incluso devolvieron el dinero al anciano. Nada cambió. El sacerdote quedó cubierto por la piel que había usado para robar, y el narrador vio en ello el castigo de su codicia.




