En una casa de montaña vivían un campesino y su esposa. Cultivaban arroz y verduras, pero por las noches un tejón entraba en el campo y arruinaba su trabajo. El hombre lo esperó con un palo durante días sin poder atraparlo. Finalmente cavó una trampa, y una mañana encontró al animal dentro.
Lo llevó atado a su casa y lo colgó de una viga del depósito.
—No lo sueltes mientras trabajo —le dijo a su esposa—. Esta noche quiero hacer una sopa con él.
La mujer se quedó moliendo cebada con una pesada mano de mortero. El tejón la observaba desde la viga. Vio que estaba cansada y empezó a hablarle con suavidad.
—Si me desatás, puedo ayudarte un rato. Tengo brazos fuertes.
Ella respondió que no podía arriesgarse a que escapara. El tejón insistió: le dolían las cuerdas y prometía dejarse atar de nuevo antes del regreso del campesino. La mujer sintió lástima, creyó en su promesa y lo bajó.
En cuanto tuvo la mano del mortero entre las manos, el tejón la golpeó y la mató. Después preparó una sopa con su cuerpo. Era un animal capaz de transformarse, así que tomó la apariencia de la mujer y esperó al marido.
El campesino volvió al atardecer, cansado y contento de haber terminado con el animal que destruía sus cultivos. Quien parecía su esposa lo recibió y le anunció que la comida estaba lista. Él se sentó y pidió la sopa.
Antes de que la probara, el tejón recuperó su forma y le reveló con una burla lo que había hecho. Después escapó hacia las colinas.
El campesino no llegó a comer. Al comprender que su esposa había muerto mientras él trabajaba tan cerca, perdió el conocimiento. Cuando volvió en sí, empezó a llorar. El conejo que vivía en la misma montaña oyó sus lamentos y se acercó a preguntar qué pasaba.
El hombre le contó todo. El conejo se enfureció y prometió vengarlo. Luego se fue a preparar su plan.
Al día siguiente encontró al tejón escondido en su cueva. Lo invitó a cortar pasto lejos de la casa del campesino. El tejón creyó que estaba con un amigo y aceptó.
Trabajaron hasta formar dos grandes atados. En el regreso, el conejo se colocó detrás y encendió el pasto que el tejón llevaba sobre la espalda. Cuando el animal oyó el ruido de las chispas, preguntó qué era.
—Es que estamos en la montaña del Crepitar —contestó el conejo.
El fuego avanzó. El tejón volvió a preguntar, y el conejo dijo que ahora estaban en la montaña del Ardor. Para cuando la víctima comprendió el engaño, ya tenía quemada la espalda. Corrió a refugiarse en su cueva.
El conejo lo siguió y fingió preocupación. Le ofreció un supuesto remedio que, en lugar de curarlo, le causó todavía más dolor. Esperaba que muriera, pero el tejón sobrevivió. Después de un mes, sus heridas fueron cerrándose.
Entonces el conejo lo visitó de nuevo. Habló con entusiasmo de sus salidas a pescar, del buen tiempo y de la calma del mar. El tejón le pidió que lo llevara.
El conejo construyó dos botes. Uno era de madera; el otro, de barro. Se quedó con el primero y entregó el segundo al tejón, que no entendía de embarcaciones y recibió el regalo con alegría.
Salieron hasta quedar lejos de la costa. Allí el conejo propuso una carrera. Mientras remaban, el agua ablandó el barro y el bote del tejón empezó a deshacerse.
—¡Ayudame! —gritó.
El conejo le dijo entonces que todo había sido parte de su venganza por la mujer asesinada. Lo golpeó con el remo e impidió que se salvara. El tejón se hundió junto con los restos de su bote y murió.
Cuando el conejo llevó la noticia al campesino, este le agradeció entre lágrimas. Dijo que, desde la muerte de su esposa, no había podido descansar pensando que el asesino seguía libre. Ahora creía que podría comer y dormir otra vez.
Le pidió al conejo que se quedara a vivir con él. Compartieron la casa y se acompañaron como amigos durante el resto de sus vidas.



