En el monte crecía una fruta que todos los animales querían probar. Pero había una condición: nadie podía comerla sin saber antes su nombre.
Una mujer que vivía cerca del árbol lo conocía. Los animales iban a preguntarle y salían repitiéndolo. Sin embargo, al llegar al árbol ya lo habían olvidado.
No era simple mala memoria. Cuando cada visitante se alejaba, la mujer lo llamaba a gritos:
—¡Amigo, ese no es el nombre!
Y decía otros, hasta confundirlo por completo.
Solo faltaba probar al galápago. Fueron a buscarlo entre burlas: si los demás habían fallado, ¿cómo iba a lograrlo él? El galápago salió llevando una guitarrita.
—¿Cómo se llama la fruta? —preguntó al llegar.
—Boyoyó-boyoyó-quizama-quizú —respondió la mujer.
El galápago empezó a tocar y cantar aquel nombre. Ella gritó otras palabras, pero él siguió con su canción hasta el árbol. Había conseguido recordar lo que todos olvidaban.
Allí lo esperaba una yaguareté.
—Vos no podés trepar. Dejá que suba yo a recoger la fruta y después me das una parte como pago.
El galápago aceptó. Pero ella llenó su saco y se fue sin darle nada. Él la siguió, furioso. Cuando llegaron a un río, le hizo una propuesta:
—Dame el saco. Yo nado mejor y puedo llevarlo hasta la otra orilla. Después cruzás vos.
La yaguareté aceptó. Apenas llegó al otro lado, el galápago desapareció con toda la fruta.
Ella decidió matarlo. Al enterarse, él se escondió debajo de una gran raíz, en el lugar donde su enemiga acostumbraba descansar. Cuando llegó, la yaguareté empezó a llamarlo.
—¡Amigo Galápago!
—¡Acá! —respondió una voz muy cerca.
Ella miró a ambos lados y no vio a nadie. Volvió a llamar; volvió a oír la respuesta. Asustada, llegó a creer que le contestaba su propio trasero.
—¡Callate! —le ordenó.
Pero cada vez que llamaba al galápago, la voz respondía. Pasó un mono y la yaguareté le contó que su trasero no la obedecía. Le pidió que lo castigara a azotes.
El mono la golpeó tanto que terminó matándola. Solo entonces el galápago quedó satisfecho.




