Una aldea muy poblada tenía seis jefes. El mayor de ellos mandaba sobre los otros cinco. Un día preparó un banquete, hizo bebida de arroz y los invitó.
Antes de que se fueran les dio una orden:
—Mañana me van a contar lo que sueñen esta noche. Si alguno tiene un buen sueño, se lo compro.
Al día siguiente llegaron cuatro. Contaron sus sueños, pero ninguno le pareció valioso al jefe mayor. El quinto no apareció. Lo esperaron, mandaron a buscarlo varias veces y, al fin, lo llevaron por la fuerza.
El hombre no abrió la boca. El mayor se enfureció, ordenó cavar un pozo frente a su puerta e hizo enterrarlo hasta el mentón. Lo dejaron allí durante el día y la noche.
Lo que ocurría era que el jefe subordinado había olvidado su sueño y no se animaba a decirlo. El mayor, un hombre cruel, estaba dispuesto a dejarlo enterrado hasta que hablara o muriera.
Después de oscurecer se acercó el dios de la letrina.
—Sos un buen hombre. Me da pena verte así. Voy a sacarte.
Apenas quedó libre, el hombre recordó su sueño entero. Había remontado un arroyo entre los árboles hasta la casa de una diosa de hermosa sonrisa. El suelo estaba cubierto de pieles. Ella lo había consolado, alimentado y vestido con ropas magníficas. También le había indicado cómo engañar y matar al jefe mayor.
—Ahora te acordás, ¿verdad? —dijo el dios—. Yo te hice olvidar para impedir que él comprara el sueño. Estoy contento con el cuidado que le das a mi lugar: mantenés limpia la letrina y ni siquiera dejás crecer hierbas alrededor. Ahora te voy a mostrar lo que antes viste solamente en sueños.
Lo guio por la orilla del arroyo, a través del bosque. Llegaron a la casa del suelo cubierto de pieles. La mujer que sonreía era la diosa tejona. Lo consoló, le dio abundante comida y lo vistió con ropas espléndidas.
—Cuando vuelvas —le indicó—, decile al jefe mayor que el dios de los postes de la puerta se alegró de tenerte enterrado cerca, te sacó y te dio estas ropas. Él también querrá recibirlas.
El hombre regresó a la aldea. El mayor, que todavía lo creía en el pozo, quedó sorprendido al verlo vestido de aquella manera. Escuchó la historia inventada y ordenó que lo enterraran también a él hasta el cuello.
Pero ningún dios fue a sacarlo. Murió poco después a causa de aquel encierro en la tierra.
Más tarde la diosa tejona bajó a la aldea y se casó con el hombre al que había ayudado. Él pasó a ocupar el primer lugar entre los jefes.




