BibliotecaLas aventuras de Pulowech
Pulowech sale en canoa de una caverna hacia un río luminoso bordeado de nenúfares.

Nordeste de América del Norte · Mi’kmaq · Relato tradicional

Las aventuras de Pulowech

Relatos wabanaki · testimonio histórico de 1884

9 min de lectura*16+ años · edad orientativa*
Empieza la historia

Dos hombres vivían juntos en una vivienda del bosque, junto a un lago hermoso donde se reflejaban los árboles. Uno era Pulowech, la Perdiz; el otro se llamaba Wejek, la Perdiz del Árbol.

Un día de invierno, Pulowech caminaba por la orilla cuando vio a tres jóvenes sentadas sobre el hielo, trenzándose el pelo. Reconoció a los seres que habitaban bajo el agua y decidió atrapar a alguna para que viviera con él.

Se acercó en silencio, pero una de ellas lo descubrió.

—¡Veo a un hombre!

Las tres se arrojaron al agua.

Pulowech volvió a intentarlo. Esparció ramas de abeto como si las hubiera llevado el viento y se escondió detrás. Cuando estuvo cerca, se lanzó hacia ellas. Otra vez las jóvenes gritaron y se sumergieron. Pero esta vez él alcanzó la cinta del cabello de la más hermosa.

Comprendió que aquella cinta guardaba su encanto o su vida y que no podía vivir sin ella. La llevó a casa y la ató encima del lugar donde dormía. Poco después la joven llegó y quedó allí como su esposa.

Pulowech conocía a los hechiceros que merodeaban por el bosque: robaban, atacaban y devoraban personas. Le advirtió que, cuando él estuviera lejos, no abriera a nadie.

Una medianoche, estando sola, ella oyó que llamaban. Un hechicero imitaba las voces de sus hermanos y hermanas.

—Venimos de lejos. Te extrañábamos y seguimos tu rastro. ¡Abrinos!

Después oyó a su madre suplicarle. Por último, la voz temblorosa de su padre dijo que tenía mucho frío. La joven no resistió más y abrió la puerta. Los hechiceros entraron, la arrastraron afuera y la devoraron.

Wejek regresó primero. Al ver que ella no estaba, salió a buscarla sin esperar a su compañero. Cayó en manos de los mismos enemigos y también lo mataron.

Cuando volvió Pulowech, encontró la casa vacía. Llenó de agua un plato de madera, lo encantó y lo dejó al fondo de la vivienda, frente a la puerta. Se acostó. A la mañana siguiente el recipiente estaba lleno hasta la mitad de sangre. Así supo que su esposa y su amigo habían sido asesinados.

Reunió sus armas y salió a vengarlos. Siguió durante días las huellas de los hechiceros. Con su vista mágica distinguió, en un acantilado muy alto, una rodilla que sobresalía de la piedra: un enemigo se había ocultado dentro de la roca. Pulowech arrojó su hacha y cortó la rodilla. El hechizo se rompió y el hombre quedó atrapado para siempre en la pared.

Más adelante vio un pie asomando de otra roca. También lo cortó. Ya había acabado con dos.

En el camino encontró a Meeko, una pequeña ardilla que apenas podía arrastrarse y estaba casi muerta. La levantó, la curó y la guardó junto a su pecho.

—Descansá. Hoy vas a tener que luchar, pero yo te voy a ayudar. Cuando te toque la espalda, vas a dar a luz.

Desde las montañas vio una bandada de gansos jugando en un lago. Sabía que eran otros hechiceros. Encantó el arco y cantó sobre sus flechas para que no fallaran. Mató a los gansos uno por uno, ató sus cabezas juntas y se los cargó a la espalda.

Después llegó a una vivienda. Adentro había un hombre cuya mirada hostil reconoció enseguida: era otro enemigo. No lo invitó a ocupar un buen sitio como habría hecho un anfitrión amable. Cocinó carne y le ofreció un plato, pero se lo quitó de las manos diciendo que prefería dárselo a su perro. Repitió varias veces la ofensa. Pulowech permaneció callado.

—¿Encontraste algo hoy? —preguntó el hombre.

Pulowech le contó lo de la rodilla, el pie y los gansos.

—Están todos muertos afuera. Podés ir a verlos.

El anfitrión estalló de rabia.

—¡Nuestros perros van a resolver esto peleando!

—Traé el tuyo.

El hombre sacó un weisum, una bestia enorme y feroz. Pulowech sacó a Meeko, todavía débil, y la puso junto al fuego. La ardilla revivió y creció hasta casi alcanzar el tamaño del adversario.

La pelea fue tan ruidosa que podía oírse desde muy lejos. Por un momento pareció que el weisum iba a vencer. Entonces Pulowech tocó la espalda de Meeko. Nacieron dos ardillas que crecieron enseguida hasta tener el tamaño de su madre. Entre las tres superaron a la bestia.

—¡Llamá a tus perros! ¡Ya ganaste! —gritó el hechicero—. Ese animal no es mío, es de mi abuela y ella lo quiere mucho.

Pulowech no las detuvo. Las alentó hasta que mataron al weisum. El hombre lamentó lo que sufriría su abuela, pero Pulowech no se conmovió.

Después el anfitrión propuso salir en canoa. Entraron al río y bajaron por un rápido. La corriente los llevó hacia una abertura estrecha en un acantilado: el agua se precipitaba por ella hacia la oscuridad.

Pulowech mantenía firme el remo. Justo antes de entrar, vio al hechicero saltar a tierra. Lo había llevado allí porque creía que nadie podía salir vivo de la caverna.

Pulowech siguió sin perder la calma. El peligro aumentó sus poderes. Poco a poco el agua se volvió más suave y desaparecieron las rocas. A lo lejos vio claridad. Salió al sol por un río hermoso, con nenúfares en las orillas. Volvió a sentir el viento.

Remando, descubrió humo que salía de una cueva. Desembarcó y escuchó desde afuera. Reconoció al hombre de la canoa: le contaba a su abuela que un poderoso hechicero había matado a los mejores de su grupo.

Cuando la anciana oyó lo ocurrido con su querido weisum, se enfureció.

—Si Pulowech estuviera vivo y delante de mí, lo asaría.

—No está vivo. Lo mandé a la caverna oscura —respondió el hombre.

Pulowech entró.

—Estoy vivo. Ahora, mujer, asame.

Ella lo miró con odio, pero no dijo nada. Era del pueblo de los Puercoespines, aficionados al calor. Empezó a amontonar corteza de tsuga sobre el fuego. Las llamas crecieron y rugieron. Pulowech siguió sentado, sin cambiar la mirada, reuniendo toda la fuerza de su magia.

Cuando el fuego bajó, él hizo aparecer tanta corteza que llenó la cueva. Cerró la entrada y la encendió.

La mujer y el hechicero, que habían participado en la muerte de su esposa y su amigo, pidieron misericordia. Pulowech no los escuchó. Las paredes y el techo se rajaron con el calor; cayeron bloques de piedra ardiente. Él permaneció sentado, cantando, hasta que ambos quedaron reducidos a cenizas.

Entonces se levantó y volvió a su casa.

Fin

¿Una historia para recordar?

Podés volver siempre que quieras.

Detrás de esta historia.

Imagen simbólica: Un libro abierto ante una costa de bosque, con una canoa pequeña y varias hojas separadas que sugieren fuentes distintas.
Ilustración de su mundo literario

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Charles Godfrey Leland

Charles Godfrey Leland reunió The Algonquin Legends of New England, publicado en 1884. El libro recoge relatos mi’kmaq, passamaquoddy y penobscot por medio de narraciones, manuscritos y colaboradores identificados. Leland seleccionó y reelaboró ese material; algunos capítulos combinan versiones o declaran cambios....

Conocé su historia
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Silas Tertius Rand

Silas Tertius Rand fue un misionero y estudioso que recogió y tradujo narraciones mi’kmaq. Leland explica que recibió de él un manuscrito de ochenta y cinco relatos, además de información por carta. En esta selección se lo vincula sólo con las historias...

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Una historia, varios caminos.

Para conversar después

Ideas para compartir una vez que termina la historia.

Propuestas de lectura de Mitos y cuentos

Ideas y preguntas de nuestro equipo editorial para seguir pensando la historia. Podés elegir las que te interesen o quedarte con tu propia lectura.

Con chicos

Para conversar con chicos

Este cuento contiene violencia intensa y corresponde a lectores mayores. Podemos conversar sobre el momento en que una voz familiar engaña a la joven. Reconocer una voz no siempre alcanza para saber quién está detrás de un mensaje: buscar otra forma de comprobarlo puede ser importante.

  • ¿Qué usa el hechicero para que la joven confíe?
  • ¿En qué escenas la ayuda y el daño aparecen muy cerca uno del otro?

Una mirada adulta

Para una lectura adulta

La venganza de Pulowech responde a crímenes reales dentro del relato, pero no vuelve benignos sus propios actos. La relación con su esposa empezó al retener un objeto del que dependía su vida; después su poder salva a Meeko y la convierte en instrumento de otra muerte. El regreso final no recupera a los muertos ni muestra una reparación: cierra el recorrido del vengador.

  • ¿Cómo cambia la lectura del héroe cuando atendemos a la cinta del cabello?
  • ¿Qué diferencia hay entre vencer a los responsables y reparar una pérdida?

Una biblioteca abierta para leer en compañía o perderse un rato entre cuentos.

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