En los tiempos antiguos, Glooskap se encontró con una hechicera que había tomado la apariencia de una hermosa muchacha. Ella creía que él no iba a reconocerla y le pidió que la llevara en su canoa.
Salieron a navegar por el mar de verano. La pasajera trató de atraerlo con palabras dulces, pero Glooskap no respondió. Sabía muy bien a quién llevaba. Ella insistía con sus halagos y él permanecía serio como un oso.
Al fin la hechicera se enojó. Su enojo levantó una tormenta. El viento aulló sobre las olas, que saltaban como lobos blancos; brillaron los primeros relámpagos y el cielo se oscureció como si hubiera llegado la noche.
Glooskap se enfureció al ver que ella se atrevía a hacerle aquello. Remó hasta la playa, saltó a tierra y empujó otra vez la canoa mar adentro, con la hechicera todavía a bordo.
—¡Navegá con el diablo! —le gritó—. ¡Pero nunca vuelvas a tener forma humana!
Ella sintió miedo.
—¿En qué querés que me convierta?
—En lo que vos quieras. Esa es la única elección que te dejo.
Desesperada, la hechicera se arrojó al agua y se convirtió en un keegunibe, un pez feroz con una gran aleta en el lomo. Cuando nada, la aleta asoma como una vela. La canoa y su pasajera habían quedado reunidas en aquel pez.
Desde entonces, cuenta esta historia, quienes lo veían decían:
—Miren a la hechicera que castigó el gran señor.
En aquellos tiempos muchos seres, hechiceros y gigantes intentaron hacerle daño a Glooskap. La voz del relato asegura que ninguno logró escapar de él: ni uno solo.




