En nuestro pueblo hubo un hombre llamado Avstriyat. Era un brujo capaz de apartar la lluvia y el granizo cuando quería.
Una vez estábamos segando en el campo y se acercó una nube. Todos nos apuramos a recoger las gavillas, pero él siguió cortando, con la pipa entre los labios.
—No tengan miedo. No va a llover.
Y no llovió.
Otra vez, y esto lo vi con mis propios ojos, estábamos cosechando centeno cuando el cielo se puso negro. Se levantó el viento. Primero silbó a lo lejos; después, encima de nuestras cabezas. Hubo truenos, relámpagos y remolinos. ¡Dios mío, que se haga tu voluntad!
Nosotros corrimos a buscar las gavillas. Avstriyat repitió:
—No tengan miedo. No va a llover.
—¿Cómo que no?
No le hicimos caso. Él terminó de fumar y siguió segando tranquilamente.
Entonces llegó al galope un hombre vestido de negro, sobre un caballo negro. Fue derecho hacia Avstriyat.
—¡Dame permiso!
—No.
—¡Dame permiso, tené piedad!
—No. No podríamos poner a salvo una cosecha tan grande.
El jinete negro se inclinó ante él y se alejó por el campo.
La nube oscura se volvió gris y después blanca. Los mayores temieron que cayera granizo. Avstriyat seguía cortando y fumando, como si nada.
Llegó otro jinete, todavía más rápido que el primero. Este iba vestido de blanco y montaba un caballo blanco.
—¡Dame permiso! —gritó.
—No.
—¡Por Dios, dame permiso!
—No. No podríamos guardar tanta cosecha.
—¡Dejame! ¡No aguanto más!
Solo entonces Avstriyat cedió.
—Bueno, andá. Pero únicamente al barranco que está más allá de la llanura.
Apenas lo dijo, el jinete desapareció. El granizo cayó como si lo volcaran de un canasto. En menos de una hora llenó el barranco hasta los bordes.





