En una casita del bosque vivían un hombre y una mujer sin hijos. Fueron en peregrinación a pedirle a Dios una criatura y tuvieron una niña que creció sana.
Un príncipe que cazaba por allí mandó a su criado a pedir agua. Cuando el hombre entró en la casa, la niña lloraba: de sus ojos caían perlas. Su madre la consoló y, al sonreír ella, brotaron flores de toda clase.
El criado salió a contárselo al príncipe. Este entró y molestó a la pequeña para hacerla llorar. Cuando vio caer las perlas, pidió a la madre que la calmara; así pudo ver también las flores de su sonrisa.
Desde entonces, siempre que salía de caza, pasaba por la casita. La niña creció hasta ser una joven que bordaba pañuelos con águilas. Un día el príncipe pidió su mano al padre.
El emperador protestó al enterarse:
—¿Perdiste el juicio? ¿Querés casarte con una campesina?
El príncipe le mostró uno de sus pañuelos bordados. El emperador, admirado, dio una palmada y aceptó el casamiento.
Llevaron a la joven hacia palacio. Entre los acompañantes había una anciana con su hija. Cuando el príncipe se detuvo para disparar a una presa, la anciana despojó a la prometida, le arrancó los ojos y la arrojó a una cueva abierta en la tierra. Vistió a su propia hija con la ropa robada. El príncipe no reconoció la sustitución y se casó con ella.
Alrededor de la cueva crecían muchos arbustos. Un viejo que juntaba leña encontró a la joven ciega, sentada ante un montón de perlas que había llorado.
—Llevame con vos, buen hombre —le pidió—. Y recogé estas joyas.
Él la condujo a su casa. Vivía con su mujer y tampoco tenían hijos. La joven le indicó que pusiera las perlas en una bolsa y fuera a venderlas a la ciudad.
—Si cierta anciana te las quiere comprar, no le pidas dinero. Decile: «Dame lo que llevás encima».
El viejo fue al pueblo y encontró a la anciana. Ella quiso comprarle las joyas.
—¿Cuánto pedís?
—Dame lo que llevás encima.
La mujer le entregó uno de los ojos robados. Cuando el viejo volvió, la joven recuperó ese ojo y pudo empezar a bordar un pañuelo.
Él llevó otra partida de perlas a la ciudad. La anciana volvió a quererlas y el viejo pidió otra vez lo que llevaba encima. Así obtuvo el segundo ojo. Con la vista recuperada, la muchacha bordó todavía mejor.
Un día el viejo contó que habría una comida en el palacio del emperador.
—Andá —le dijo ella—. Llevá una jarra y pedí un poco de sopa para mí.
Antes de que saliera, le ató al cuello un pañuelo que había bordado. El príncipe lo vio en el banquete y lo llamó.
—¿De dónde venís, viejo?
—De aquella granja. En casa también vive una muchacha. ¿Podrías darme algo de comida para ella en esta jarra?
—¿Y ese pañuelo de dónde salió?
—Lo bordó la joven que encontré en una cueva.
El príncipe reconoció la labor al instante.
—¡Es ella! ¡Es ella!
A la hija de la anciana la mandó a cuidar cerdos. Y ahí termina el cuento.





