Dos hermanos vivían con su madre. El mayor cuidaba al menor durante el día, mientras ella salía a trabajar para conseguir comida. Su padre había muerto y la madre se había casado con otro hombre, que procuraba apartarla de sus hijos y hacer que los descuidara.
Un día los chicos esperaron su regreso desde la mañana hasta la noche sin probar bocado. Al oscurecer, buscaron algo para comer. Encontraron unas frutas verdes, las comieron y se acostaron.
Mucho más tarde volvieron la madre y su marido. Ella cocinó arroz y los dos se sentaron a cenar. El olor despertó a los hermanos. El mayor llevó al pequeño hasta su madre y le pidió comida.
—No les des de lo nuestro —ordenó el marido.
La madre los golpeó y los echó. El mayor cargó al menor y buscó refugio debajo de la casa, pero también los expulsaron de allí. Finalmente, una viuda que vivía cerca los recibió y les dio esteras para dormir.
Al amanecer, los hermanos salieron a buscar otro hogar. Caminaron durante muchos días hasta llegar a un refugio de viajeros, una sala, cerca de la ciudad principal de otra provincia. Pasaron allí la noche.
A la mañana siguiente, el mayor salió en busca de alimento. Debajo del refugio vio a dos serpientes que peleaban. Ambas estaban heridas. Una mató a la otra y después fue hasta unas hierbas cercanas. Las comió y, en un instante, sus heridas desaparecieron.
El chico esperó a que se alejara. Recogió un poco de aquella hierba y la puso en la boca de la serpiente muerta. El animal volvió a la vida y lo bendijo. Entonces el muchacho juntó más, regresó junto a su hermano y los dos la comieron. Recuperaron las fuerzas.
Poco después pasó un servidor del chow, el gobernante de la provincia. Los hermanos le preguntaron por qué se oían lamentos en la ciudad.
—Murió la hija del chow —les explicó—. Su padre está de duelo. Prometió la mitad de la provincia y de sus bienes a quien consiga devolverle la vida.
El mayor quiso probar la hierba. Cargó a su hermanito, llevó una porción y fue hasta la casa del gobernante. Pidió permiso para intentar despertar a la joven y lo obtuvo enseguida.
Le puso la hierba en la boca. La muchacha volvió a vivir. Lleno de alegría, el chow compartió con el joven sus tierras y sus bienes, y además le dio a su hija en matrimonio.
Los hermanos vivieron mucho tiempo en aquella provincia y crecieron fuertes y sabios. Un día pensaron en su madre.
—Vamos a visitarla a ella y a su marido —decidieron.
Prepararon trozos huecos de bambú, los llenaron de oro y los cerraron de manera que no pudiera verse el contenido. Después emprendieron el viaje con muchos elefantes y servidores.
Al llegar a su lugar de origen, entregaron un bambú a cada amigo y pariente. A su madre y al marido les dieron cinco de los más grandes. Para la viuda que los había recibido cuando estaban solos, reservaron otros dos, también grandes.
—Este bambú sirve muy bien como leña —le dijeron a su madre—. Corten los trozos y úsenlos para el fuego.
La mujer y su esposo se enojaron. Aquellos hijos habían llegado desde tan lejos y solo les traían madera. No quisieron hablarles. Los hermanos regresaron tristes a su provincia.
Tiempo después, la viuda fue a visitar a la madre.
—Tus hijos dijeron que el bambú era buena leña. ¿Dónde lo tenés?
—Afuera —respondió ella—. Vinieron desde tan lejos para traer solo eso. No vamos a tocarlo.
La viuda insistió en que confiara en el cariño de sus hijos y cortara la madera. Al fin, el marido abrió uno de los bambúes. Adentro encontró oro. Cortó los demás y descubrió que todos estaban llenos.
Los dos salieron corriendo para alcanzar a los hermanos y darles las gracias. Pero ya estaban demasiado lejos. La historia cuenta que la madre y su marido no pudieron soportar el remordimiento y murieron a un costado del camino.



