Cuando la tierra era joven, un hombre pobre y su mujer tenían doce hijas a las que ya no querían cuidar ni tener con ellos. Pasaban los días pensando cómo librarse de ellas. Una mañana, el padre preparó una canasta: puso ceniza en el fondo y la cubrió con una capa de arroz. Después llamó a las doce muchachas.
—Vengan conmigo a la selva. Vamos a buscar animales para cazar.
Caminaron hasta que apretó el calor y se sentaron a comer. Al terminar, el padre le dio a cada hija un trozo hueco de bambú.
—Tráiganme agua en estos recipientes.
Pero los había preparado de modo que perdieran el agua. Mientras las hermanas trataban de tapar las aberturas, él volvió a su casa.
Las muchachas intentaron una y otra vez llenar los bambúes. Como no pudieron, regresaron al lugar donde habían comido. Su padre ya no estaba. Solo quedaba la canasta. Al revisarla encontraron un poco de arroz arriba y ceniza debajo. Entonces comprendieron que sus padres las habían abandonado.
No conocían el camino de regreso. Esa noche durmieron en la selva y las fieras no las tocaron: en este relato, los animales salvajes respetaban a quienes permanecían entre ellos sin miedo.
Al amanecer vieron a una mujer hermosa y le pidieron ayuda.
—Vengan a mi casa —les dijo ella—. Tengo una hija pequeña que se queda sola cuando salgo. Si juegan con ella y le hacen compañía, les daré un hogar.
Las hermanas aceptaron y la siguieron hasta una casa muy adentro de la selva. Podían entrar en todas partes menos en un jardín pequeño.
Un día, la mujer anunció:
—Voy al bosque y no regresaré hasta la noche. No jueguen en el jardincito.
Sin embargo, volvió casi enseguida. Las muchachas no habían ido al lugar prohibido. Otro día les dijo que saldría solo un rato y repitió la advertencia. Esta vez, las hermanas pensaron que tardaría todo el día y fueron a mirar.
El jardín estaba cubierto de huesos humanos. Comprendieron que la hermosa mujer se comía a las personas y huyeron aterradas.
En el camino encontraron una vaca.
—¡Protegenos! —le rogaron.
La vaca abrió la boca y las doce entraron. Las llevó lejos de la casa, las dejó salir y emprendió el regreso. Entonces se cruzó con la mujer que las buscaba.
—¿Viste pasar a doce muchachas?
—No —contestó la vaca.
—Si no decís la verdad, te mataré y te comeré.
Ante la amenaza, la vaca señaló el camino por el que habían escapado. La mujer corrió detrás de ellas.
Las hermanas seguían huyendo cuando encontraron un elefante y le suplicaron que las salvara. El elefante abrió la boca para esconderlas. Once entraron deprisa, pero la última tardó un poco y un borde de su ropa quedó colgando afuera.
La perseguidora alcanzó al animal.
—¿Viste a doce muchachas que iban hacia la ciudad? —preguntó.
—No —respondió el elefante.
La mujer había visto el borde de la prenda y sabía que las protegía. Entonces lo maldijo:
—Desde ahora y para siempre, el labio de tu boca colgará como esa tela.
Y desde aquel día, dice la historia, el labio del elefante cuelga como el borde de un vestido.



