En lo profundo de un bosque del norte había una aldea donde todos trataban a una anciana con el respeto que se le daría a una princesa. Si algún visitante preguntaba por qué la honraban así, ella misma le contaba su historia.
—Tengo mucho mérito, aunque no soy más que una hija de la naturaleza. Cuando era joven, un día sentí que el enojo me calentaba el corazón. Pasaron los días y, en vez de apagarse, el enojo creció hasta llenarlo por completo. Tenía los ojos tan enrojecidos que apenas veía. Ya no soportaba vivir en la aldea ni estar con mi gente. Sentía más cercanía con los animales del bosque que con mis propios parientes.
»Me fui, entonces, a una parte de la selva donde no había llegado ningún pie humano. Corrí durante todo el día, sin sentir cansancio ni hambre. Al caer la noche me acosté debajo de un árbol. No tenía miedo. Dormí tan tranquila como si estuviera en mi casa.
»Me despertó el aliento de un animal. A la luz de la luna vi un tigre enorme frente a mí. Me olfateó la cara, las manos y los pies. Después se sentó junto a mi cabeza y se quedó vigilando toda la noche. Yo seguí acostada, sin temor. A la mañana se fue y pude continuar mi camino.
»Mi corazón ya estaba más tranquilo. Todavía no quería volver con mi gente, pero no les temía a las fieras ni a los reptiles. Comía las frutas que crecían en abundancia y, al oscurecer, buscaba otro árbol. Los animales salvajes velaban mi sueño sin hacerme daño. Así pasaron muchos días y muchas noches.
»Poco a poco se enfrió el enojo que llevaba en el pecho. Dejé de odiar a los míos. Cuando había transcurrido una luna, llegué a otra aldea. Sus habitantes se asombraron de verme salir de aquella selva: la conocían como el lugar del tigre que devoraba personas. Les conté lo sucedido y, llenos de admiración, me trajeron regalos valiosos.
»Me quedé allí un año y un día. Durante ese tiempo, las fieras dejaron de atacar el ganado de la aldea. Pero empecé a extrañar las caras de mi familia y quise regresar.
»Entonces me acompañaron hasta mi pueblo. Llevaba plata, oro y vestidos hermosos, y viajaba sentada en la silla colocada sobre el lomo de un elefante. Volví a encontrarme con los míos. Desde aquel regreso vivo aquí, contenta, y ya han pasado cien años.



