La historia cuenta que, cuando la tierra era joven, las personas eran más fuertes y hermosas, y las frutas crecían más grandes y dulces. También el arroz tenía granos enormes: uno solo alcanzaba para alimentar a una persona.
En aquellos días se decía que la gente poseía tanto mérito que ni siquiera tenía que trabajar para recogerlo. Al madurar, los granos se desprendían de las plantas y rodaban por su cuenta hasta las aldeas. Llegaban directamente a los graneros.
Un año, el arroz creció más grande y abundante que nunca. Una viuda miró sus depósitos y le dijo a su hija:
—Nos van a quedar chicos. Derribémoslos y hagamos otros más grandes.
Las dos desarmaron los graneros viejos y empezaron a construir los nuevos. Pero el arroz maduró antes de que terminaran. Se apuraron cuanto pudieron; aun así, los granos ya venían rodando desde los campos y se metían en el lugar donde ellas trabajaban.
La viuda se enojó. Golpeó uno de aquellos granos y gritó:
—¿No podían esperar hasta que estuviéramos listas? ¡Ahora molestan! ¡Todavía no los necesitamos!
El grano se quebró en miles de pedacitos. Entonces el arroz habló:
—De ahora en adelante, nos quedaremos en el campo hasta que nos necesiten.
Desde aquel momento, dice la leyenda, los granos son pequeños y las personas tienen que ir a buscarlos a los campos para llevarlos al granero.



