En tiempos antiguos, cuando el mundo era joven, los habitantes de una provincia quisieron construir un templo que pudiera verse desde muy lejos. Pero vivían en una llanura: no tenían una montaña alta sobre la que levantarlo.
Después de conversarlo, decidieron pedir ayuda a los gigantes del este. Querían reunir suficiente tierra en un solo lugar para formar una gran elevación. Los gigantes aceptaron de buena gana, aunque propusieron otra manera de hacerlo.
—¿Para qué cavar y amontonar tierra? Nosotros tenemos montañas. Podemos arrancar la cima de una y traerla hasta acá. Construyan el templo encima y todo el mundo podrá verlo. Vayan preparando los ladrillos, la mezcla y los demás materiales; nosotros nos ocuparemos del traslado.
Los gigantes regresaron al este, separaron la cumbre de una montaña y empezaron a moverla. Trabajaron durante días y consiguieron llevarla una distancia enorme. Sin embargo, los habitantes de la provincia no los ayudaron ni comenzaron a reunir lo necesario para el templo. Se quedaron sentados, esperando.
Cuando la noticia llegó a los gigantes, estos enviaron un mensaje:
—Vengan a ayudarnos o, por lo menos, preparen los materiales.
Los habitantes pensaron que podían apurarlos con un reproche.
—Ustedes ofrecieron traer la montaña —respondieron—. Parece que sus palabras tienen más fuerza que sus brazos. Primero dicen que van a ayudarnos y después piden que los ayudemos nosotros.
Los gigantes no se dejaron empujar por aquella respuesta.
—Ofrecimos colaborar —replicaron—. Pero ustedes se sientan a mirar mientras nosotros hacemos todo. Si hubieran cumplido su parte, habríamos cumplido la nuestra. Ahora van a trabajar ustedes y nosotros nos reiremos de ustedes desde nuestras montañas.
Dejaron la cima en el lugar hasta el que habían llegado y volvieron a sus casas.
Entonces la gente de la llanura tuvo que cavar. Llevaba la tierra en cargas pequeñas y la iba amontonando, viaje tras viaje. Mientras trabajaba, miraba con tristeza hacia el este: allí se veía la cumbre que los gigantes habían transportado con tanto esfuerzo. Ahora lamentaban no haber hecho su parte.
Finalmente terminaron el montículo y construyeron el templo. Su aguja brillaba al amanecer y al atardecer, visible desde lejos. La otra elevación quedó donde los gigantes la habían abandonado, tan apartada de la cordillera como de la ciudad.
Cuando alguien preguntaba por aquella montaña solitaria, los habitantes contaban lo ocurrido.
—Si pedís ayuda —decían—, conviene que también pongas el corazón en el trabajo.



