Una loba le dijo a su compañero que tenía ganas de comer pescado fresco. Él prometió conseguirlo y bajó hasta el río, aunque no sabía pescar como los animales que vivían allí.
En la orilla encontró a dos nutrias. Estaban mirando el agua cuando una vio pasar un pez grande. Saltó y lo agarró de la cola, pero el pez tiró con tanta fuerza que empezó a arrastrarla.
—¡Ayudame! —gritó la nutria—. ¡Alcanza para los dos!
La otra se lanzó al río. Entre ambas pudieron sujetarlo y llevarlo a tierra. Dejaron el pescado sobre la orilla y recuperaron el aliento.
Ahora faltaba repartirlo.
—Yo quiero la mitad que tiene la cabeza —dijo una.
—Esa me corresponde a mí —respondió la otra—. Vos podés quedarte con la cola.
Las dos habían trabajado para sacar el pez, pero ninguna quería ceder la parte que prefería. Mientras discutían, el lobo se acercó.
—Vos podrías ayudarnos —le dijeron—. Lo pescamos juntos y no conseguimos ponernos de acuerdo. ¿Lo repartís?
El lobo observó el pez. Separó la cabeza y se la dio a una nutria. Después cortó la cola y se la entregó a la otra. Entre las dos partes quedaba casi todo el cuerpo.
—Ahora cada uno tiene algo para comer sin pelear —anunció.
Tomó la parte del medio y salió corriendo.
Las nutrias se quedaron en la orilla, cada una con su pedazo. Miraron el lugar vacío donde había estado el pescado y después al lobo que se alejaba. Su discusión había terminado de una manera que ninguna de las dos había elegido.
En el camino, el lobo ya pensaba en la comida que llevaba. Su compañera salió a recibirlo, sorprendida.
—¿Cómo conseguiste pescado si vos vivís en tierra?
Él dejó su carga delante de ella y contó la disputa.
—Me quedé con esto como pago por repartirlo —dijo.
Las nutrias habían sacado el pez del río. El lobo había sacado su cena de la pelea.



