Un rey tuvo una hija y, cuando nació, un sabio anunció que un tigre la mataría al llegar a la juventud. El padre quiso impedir que se cumpliera la profecía. Mandó construir una casa sobre un único pilar enorme, de modo que ningún animal pudiera acercarse a ella. Allí vivieron la princesa y las mujeres que la atendían.
Pasaron los años. Un día, cuando la hija del rey ya había crecido, un cazador encargado de matar los tigres de la región llevó uno muerto al palacio. La princesa lo vio desde su casa y bajó. Tenía delante al enemigo que tanto había marcado su vida, pero ahora estaba inmóvil.
Le arrancó un bigote, sopló sobre él y exclamó:
—¡Ya no te tengo miedo! ¡Estás muerto!
Según la creencia que sostiene esta leyenda, los bigotes del tigre contenían veneno. Ese veneno entró en la sangre de la princesa y la mató.
Entonces el rey dictó una orden y envió mensajeros por todo su reino: cada vez que se matara un tigre, debían arrancarle de inmediato todos los bigotes y quemarlos, para que no pudiera causar una muerte después de morir.
La historia termina diciendo que la gente siguió obedeciendo aquel mandato del rey.



