Un hombre muy pobre tenía tantos hijos que no conseguía alimentarlos. Una mañana estuvo a punto, más de una vez, de matarlos para no verlos morir de hambre. Su mujer lo impidió.
Esa noche se le apareció un niño en sueños.
—Sé lo que estás pensando y cuánto te duele —le dijo—. Mañana vas a encontrar debajo de la almohada un espejo, un pañuelo rojo y otro bordado. Tomalos en secreto. Andá hasta una colina y seguí el arroyo que hay allí hasta su nacimiento.
Le explicó que encontraría a una joven brillante como el sol, desnuda y con el cabello suelto sobre la espalda. Debía cuidarse: era una dragona feroz. Si hablaba con ella, lo envenenaría, lo convertiría en pez o en otra criatura y lo devoraría.
—Si te pide que le revises la cabeza, hacelo. Entre sus cabellos vas a encontrar uno rojo como la sangre. Arrancalo y corré. Si te persigue, tirale primero el pañuelo bordado, después el rojo y al final el espejo. Eso la entretendrá. Vendé el cabello a un hombre rico, pero no dejes que te engañen: vale una fortuna. Con eso vas a poder mantener a tus hijos.
Al despertar encontró los tres objetos tal como le habían anunciado. Fue a la colina y siguió el arroyo hasta la fuente. Allí vio a la joven, resplandeciente como rayos de sol enhebrados en una aguja. Bordaba en un bastidor, sobre una tela hecha con cabellos de muchachos.
El hombre la saludó con una reverencia. Ella se levantó y le preguntó de dónde venía. Él guardó silencio. Volvió a preguntarle quién era y qué buscaba. El hombre se limitó a hacer señas, como si no pudiera oír y necesitara ayuda.
Ella le indicó que se sentara sobre su falda, inclinó la cabeza y dejó que le examinara el pelo. Él apartó los mechones hasta encontrar el cabello rojo. Lo separó, lo arrancó de un tirón, se levantó de un salto y huyó.
La joven lo advirtió y corrió detrás. Cuando estaba por alcanzarlo, él dejó caer el pañuelo bordado. Ella se agachó a examinarlo, admiró la labor por todos lados y perdió tiempo suficiente para que el hombre sacara ventaja.
Se guardó el pañuelo y volvió a perseguirlo. Cuando otra vez estuvo cerca, él arrojó el rojo. La joven volvió a detenerse a mirarlo. Después, enfurecida, tiró los dos pañuelos y reanudó la carrera.
El hombre lanzó por último el espejo. La joven nunca había visto uno. Lo levantó y creyó que la figura reflejada era otra persona. Se quedó mirándola, como enamorada de sí misma. El fugitivo se alejó tanto que ya no pudo alcanzarlo. Ella regresó a la fuente y él llegó sano y salvo a su casa.
Mostró el cabello a su mujer y le contó la aventura. Ella se rio de él, pero el hombre no se desanimó. Fue a la ciudad a venderlo.
Se reunió una multitud de curiosos y comerciantes. Uno ofreció una moneda de oro; otro, dos. Las ofertas subieron hasta cien cequíes. El emperador oyó hablar del cabello y mandó llamar al vendedor.
—Te doy mil cequíes.
El hombre aceptó. El emperador abrió el cabello a lo largo, de una punta a la otra. Dentro encontró escritas muchas cosas extraordinarias que habían sucedido desde el comienzo del mundo.
Así el hombre se hizo rico y pudo vivir con su mujer y sus hijos. El niño del sueño era un ángel enviado por Dios para ayudarlo y revelar secretos que hasta entonces habían permanecido ocultos.





