Habían llevado un elefante a una habitación oscura. Muchas personas se reunieron para conocerlo, pero adentro había tan poca luz que no podían distinguir su forma.
Alguien adelantó una mano y encontró la trompa. La recorrió con cuidado: era larga y se curvaba ante sus dedos. Salió convencido de haber descubierto cómo era aquel animal.
—Se parece a un tubo por donde pasa el agua —dijo.
Otra persona había tocado una oreja. Su mano encontró una superficie ancha que no se parecía en nada a un tubo.
—No es así —respondió—. Es como un gran abanico.
Un tercero llegó hasta una pata. La rodeó hasta donde sus brazos pudieron y sintió su firmeza.
—Los dos están equivocados. Es una columna.
También hubo quien alcanzó el lomo. La amplitud de aquella espalda le hizo pensar en otra cosa.
—Es como un trono enorme —afirmó al salir.
Cada uno hablaba de algo que había tocado. No estaban inventando la trompa, la oreja, la pata ni el lomo. Pero cada descripción dejaba afuera todo lo que la mano no había encontrado.
El que decía «abanico» no entendía al que decía «columna». El que recordaba el lomo escuchaba hablar del tubo y negaba con la cabeza. Cuanto más seguros estaban de sus dedos, más difícil les resultaba comprender las palabras de los demás.
En la habitación seguía el mismo elefante. Afuera circulaban cuatro formas distintas, como si hubieran conocido cuatro animales. Sus manos habían llegado a una parte; sus palabras querían abarcarlo entero.



