Un hombre sediento encontró un depósito de agua. Había llegado hasta allí con la boca seca, esperando poder inclinarse y beber, pero una pared alta rodeaba el lugar. El agua estaba cerca y, sin embargo, seguía fuera de su alcance.
El hombre levantó la vista. En la parte superior del muro había ladrillos que podía aflojar. Tiró de uno hasta desprenderlo y lo dejó caer hacia adentro.
Escuchó el golpe en el agua.
Aquel sonido lo hizo detenerse. Durante un instante, lo que estaba escondido detrás de la pared se volvió cercano: podía oírlo con toda claridad. Buscó otro ladrillo y volvió a hacer lo mismo.
El segundo golpe levantó otra voz de agua. El hombre continuó retirando ladrillos, uno por uno.
Entonces el agua le habló desde el fondo:
—¿Qué ganás tirando esos ladrillos sobre mí?
El hombre apoyó las manos en el borde que iba quedando.
—Dos cosas —contestó—. La primera es escuchar tu voz. Cada vez que cae un ladrillo, puedo oírte, y ese sonido me alegra mientras sigo teniendo sed.
Hizo una pausa y miró el lugar de donde acababa de sacar la última pieza.
—La segunda es que la pared se vuelve más baja. Cada ladrillo que retiro me deja un poco más cerca de vos.
Del otro lado seguía el agua. Entre los dos todavía quedaba parte del muro, pero ya no era una pared intacta: tenía un borde nuevo y un hombre trabajando junto a él.



