Song Sang-in llegó a su cargo de magistrado convencido de que las mudang engañaban a la gente. Estas mujeres realizaban prácticas religiosas y se comunicaban, según su tradición, con los espíritus. Él no quería escucharlas.
Publicó una orden terrible: si encontraban a una mudang dentro de su distrito, la matarían a golpes.
Las mujeres huyeron a otros lugares. El magistrado creyó haber terminado con el asunto, hasta que un día vio acercarse a una mujer a caballo. Llevaba un tambor y no intentaba esconderse.
La hizo detener.
—¿Sos una mudang?
—Sí.
—¿No escuchaste mi orden?
—La escuché. Pero vine a pedir que distingas a quien engaña de quien dice la verdad. Yo puedo demostrar lo que hago.
El magistrado le preguntó si era capaz de llamar a una persona muerta. Ella respondió que sí. Entonces él recordó a un amigo íntimo que había fallecido y le propuso esa prueba.
La mujer pidió comida, vino y una prenda del magistrado. Preparó el lugar en el patio, extendió una estera y se puso la ropa que le habían llevado. Durante la ceremonia hizo sonar una campanilla y pronunció sus invocaciones.
Al cabo de un rato se volvió hacia Song.
—Ya llegué.
Empezó a hablar de una enfermedad, de la muerte y de la separación entre dos amigos. Después recordó los juegos de la infancia, las clases, los exámenes y los años de trabajo. Contó conversaciones que Song nunca había compartido con otra persona. No confundió un solo detalle.
El magistrado reconoció la voz de aquella amistad en todo lo que escuchaba. Se puso a llorar.
—Mi amigo está acá —dijo.
Mandó preparar una nueva ofrenda para recibirlo. Más tarde, la presencia se despidió y la ceremonia terminó.
Song había comenzado el día dispuesto a castigar a la mujer. Ahora le entregó regalos y la dejó marcharse en paz. También retiró la orden que amenazaba a todas las mudang de su distrito.
El encuentro no le había dado la última palabra. Lo había obligado a cambiar la primera.



