En esta historia del comienzo del mundo, Dios tomó una piedra de la tierra y la rompió en muchos fragmentos. Les dio el aliento de la vida, y de ellos surgieron criaturas de formas y tamaños diferentes. Al principio, ninguna tenía un poder especial.
La serpiente fue la primera en pedirlo.
—El mundo está lleno de desorden —dijo—. Dame una fuerza con la que pueda matar a quienes hacen daño.
Dios le entregó un veneno para guardar en los dientes. Pero le advirtió que antes de usarlo debía observar con cuidado y pensar en lo que hacía.
La serpiente regresó contenta. Cuando la hormiga se enteró, quiso recibir el mismo don. Fue hasta el trono donde Dios estaba hablando con los ángeles.
—A mi hermana serpiente le diste un gran poder —reclamó—. ¿Por qué no a mí? Yo puedo ayudarla a castigar a quienes obran mal.
Dios pensó que la serpiente podía necesitar ayuda y le concedió lo que pedía.
La hormiga se puso tan feliz que salió corriendo hacia la tierra. Dios la llamó, pero ella siguió sin detenerse ni prestar atención.
Entonces le quitó parte del poder que acababa de darle. Temía que lo usara sin pensar.
Por eso, según explica este cuento, la picadura de la hormiga no tiene la misma fuerza que la mordedura de la serpiente. Su carrera había empezado antes de que terminara la conversación.



