Un hombre cruzó el río para visitar una aldea. Allí supo que el jefe buscaba esposa. Al regresar se lo contó a sus dos hijas.
—Yo quiero ir —dijo la mayor, Mpunzikazi.
El padre reunió a sus amigos para acompañarla, pero ella insistió en viajar sola. Él le recordó que una novia solía llegar con una comitiva. Mpunzikazi no cambió de idea, y finalmente la dejó partir.
En el camino apareció un ratón.
—¿Querés que te muestre por dónde seguir?
—Apartate de mi vista —respondió ella.
El ratón le advirtió que así no tendría éxito. Más adelante, una rana le ofreció la misma ayuda. Mpunzikazi dijo que alguien que iba a casarse con un jefe no tenía por qué hablar con ella.
Cuando se sentó a descansar bajo un árbol, se acercó un chico que cuidaba cabras. Le preguntó adónde iba y le pidió algo de comer. Ella lo echó. El chico le dijo que, si seguía de ese modo, no regresaría.
Junto a una piedra encontró a una anciana.
—Vas a pasar entre árboles que se ríen: no te rías con ellos. Vas a encontrar una bolsa de leche espesa: no comas. Y si un hombre lleva la cabeza debajo del brazo, no aceptes su agua.
Mpunzikazi la insultó y siguió caminando. Cuando los árboles rieron, ella también rio. Comió de la leche y bebió el agua que le ofreció el hombre con la cabeza bajo el brazo.
Al llegar al río de la aldea encontró a una joven sacando agua. Era la hermana del jefe, aunque Mpunzikazi no lo sabía.
—¿Adónde vas, hermana?
—¿Quién sos para llamarme hermana? Voy a casarme con el jefe.
La joven intentó indicarle otra entrada al pueblo, pero Mpunzikazi no se detuvo a escucharla.
En la aldea se sorprendieron de que llegara sola. Le explicaron que el jefe regresaría por la noche y le dieron mijo para prepararle comida. Ella lo molió grueso e hizo un pan áspero.
Al anochecer se oyó un viento enorme. Era el jefe que se acercaba: una serpiente de cinco cabezas y grandes ojos, llamada Makanda Mahlanu. Mpunzikazi se asustó. Él se instaló ante la puerta y pidió la comida.
Probó el pan y dijo:
—No vas a ser mi esposa.
Después la golpeó con la cola y la mató.
Tiempo más tarde, Mpunzanyana, la hermana menor, le dijo a su padre que ella también quería casarse con un jefe. Él volvió a reunir una comitiva y esta vez la joven salió acompañada.
Un ratón le ofreció mostrarle el camino.
—Te lo agradezco —contestó Mpunzanyana.
El ratón les indicó por dónde ir. En un valle, una anciana le avisó que más adelante el sendero se dividía: debía elegir el pequeño. Mpunzanyana prometió hacerlo y tomó ese camino.
Luego apareció un damán, un pequeño animal de las rocas.
—La aldea está cerca. Tratá amablemente a la muchacha del río. Molé bien el mijo que te den y no te asustes cuando veas al jefe.
Mpunzanyana escuchó. Al llegar al río, le explicó a la hermana del jefe que viajaba con una comitiva para presentarse como novia. La joven le preguntó si tendría miedo de su esposo y ella dijo que no.
Le señalaron la casa donde debía quedarse y dieron alimento a sus acompañantes. La madre del jefe le entregó el mijo. Mpunzanyana lo molió con cuidado y preparó el pan.
Al caer la noche, el viento sacudió la casa hasta derribar sus postes. Ella se quedó. Makanda Mahlanu llegó y pidió la comida. Esta vez el pan le gustó.
—Vas a ser mi esposa —dijo, y le dio muchos adornos.
Después, Cinco Cabezas se convirtió en hombre. Mpunzanyana siguió siendo la esposa a la que más quería.



