Dos hermanos vivían de maneras muy distintas. Uno era rico; el otro apenas conseguía pan para sus hijos. El pobre pidió ayuda y trabajó una semana para su hermano. Al terminar recibió un solo pan y una invitación a una fiesta.
Fue con su mujer. Los sentaron aparte y no les dieron nada de comer, mientras los demás invitados celebraban. Al volver a casa, él comenzó a cantar para que nadie adivinara que regresaban con hambre.
Otra voz se unió a la suya. No era su esposa.
—Soy la Desdicha —dijo la voz—. Ahora voy con vos.
La nueva compañera lo llevó a la taberna. Como no tenía dinero, lo convenció de vender su abrigo. Al día siguiente fueron el carro y el trineo; después, el arado y las demás herramientas. En un mes había perdido casi todo, incluida la casa empeñada y una prenda de su mujer.
Cuando ya no quedaba qué gastar, la Desdicha le indicó pedir prestados un carro y dos bueyes. Lo llevó a una gran piedra de la llanura. Juntos la levantaron: debajo había un pozo lleno de oro.
El campesino cargó las monedas. Al terminar, fingió ver algo brillante en un rincón. La Desdicha bajó a buscarlo y él cerró la piedra sobre ella.
Regresó, devolvió los bueyes y empezó de nuevo. Compró un bosque, construyó una casa y llegó a tener más que su hermano.
Entonces lo invitó a una fiesta. A diferencia de lo ocurrido antes, lo recibió con comida abundante. Durante la visita contó cómo había encontrado el oro y dejado encerrada a su acompañante.
El hermano rico sintió envidia. Fue a la llanura y levantó la piedra para liberar a la Desdicha, esperando que volviera a arruinar al otro.
Pero ella saltó sobre sus hombros.
—¡Esta vez no te separás de mí!
Él explicó que no era la misma persona. La Desdicha no le creyó. Lo acompañó a su casa y empezó a consumir sus bienes en la taberna.
El comerciante buscó una salida. Tomó una rueda, cerró un extremo del agujero del eje con una cuña y le propuso jugar a las escondidas.
La Desdicha aseguró que podía meterse en cualquier rendija. Él señaló la rueda y dijo que allí sería imposible. Para demostrar lo contrario, ella entró.
El hombre cerró el otro extremo y arrojó la rueda al río. La Desdicha se ahogó. Solo entonces pudo recuperar la vida que llevaba antes de levantar aquella piedra por envidia.




