Llegó el tiempo del calor y el aire se llenó de moscas y mosquitos. Picaban tanto que nadie encontraba descanso. Entonces apareció la araña Mizgir, que en este cuento se presentaba como una gran heroína.
Extendió sus hilos por los caminos que recorrían los insectos. Una mosca de las que pican quedó atrapada. Mizgir la sujetó, dispuesta a matarla.
—Dejame ir —suplicó la mosca—. Tengo muchos hijos. Si no vuelvo, se van a quedar solos.
La araña la soltó. En cuanto pudo volar, la mosca buscó a sus compañeras y a los mosquitos.
—Hay redes por todas partes. ¡Vengan a esconderse debajo de las raíces del fresno!
Los insectos acudieron y se quedaron quietos, tan escondidos que parecían muertos. Mizgir encontró sus telas vacías.
Cerca del árbol había un grillo, un escarabajo y una chinche. La araña les encargó preparar una noticia. El grillo debía sentarse en un montículo; el escarabajo, tocar el tambor; la chinche, meterse entre las raíces y anunciar que Mizgir ya no existía.
—Deciles que me llevaron a Kazán y me cortaron la cabeza —ordenó—. Que también destruyeron el lugar donde lo hicieron.
Cada cual cumplió su parte. La chinche llegó al escondite y gritó que podían salir: la gran araña había muerto.
Las moscas y los mosquitos celebraron la noticia. Abandonaron las raíces, levantaron vuelo y fueron directamente hacia las redes que seguían esperando entre los caminos.
Mizgir los recibió desde su tela.
—¡Qué poco vienen a visitarme! Tendrían que venir más seguido a probar mi cerveza y mi vino, y a pagarme tributo.
La anfitriona seguía viva. La noticia había viajado más rápido que la duda, y el refugio había quedado vacío.




