Un hombre tan pobre que nadie quería ser padrino de su hijo recién nacido salió con el bebé en brazos. Había resuelto pedirle el favor a la primera persona que encontrara. Si no encontraba a nadie, quizá el sacristán pudiera ayudarlo.
En el camino se cruzó con una mujer hermosa y le pidió que fuera madrina. No sabía que era la Muerte. Ella aceptó sin poner excusas, lo saludó como compadre y llevó al niño a la iglesia. Después del bautismo, el padre quiso convidarla en una posada.
—Dejá eso, compadre. Vení a mi casa.
Lo condujo a una habitación muy bien amueblada y después a unas grandes bóvedas. Bajaron por ellas hasta la oscuridad del mundo subterráneo. Allí ardían velas pequeñas, medianas y grandes. Las que todavía no habían sido encendidas eran muy largas.
—Acá tengo la duración de todas las vidas —explicó la madrina.
El hombre señaló una velita que apenas sobresalía del suelo.
—¿Y esa de quién es?
—Tuya. Cuando una vela se termina, tengo que ir a buscar a su dueño.
—Comadre, agregame un poco más.
—No puedo.
La Muerte fue a encender una vela grande para el niño recién bautizado. Mientras estaba de espaldas, el padre tomó otra vela nueva, la encendió y la puso en lugar de la suya.
—No tendrías que haberme hecho eso —dijo la Muerte al volverse—. Pero si te agregaste vida, ya la tenés. Ahora vamos a ver a tu mujer.
Llevó un regalo, dejó al niño en la cama de su madre y le preguntó cómo se sentía y qué dolores tenía. La mujer le contó sus penas. El padre mandó traer cerveza para agasajar a la madrina y agradecerle. Comieron y bebieron juntos.
—Sos tan pobre que nadie quiso hacerte este favor salvo yo —le dijo ella—. Pero vas a acordarte de mí. Voy a entrar en las casas de gente acomodada y hacer que se enfermen. Vos irás a curarlos. Yo conozco todos los remedios y te los voy a enseñar. Te pagarán bien. Solo tenés que recordar una cosa: si me ves a los pies del enfermo, podés ayudarlo. Si estoy a la cabecera, no intentes nada.
Así ocurrió. El hombre iba de paciente en paciente y curaba a quienes su comadre había enfermado. Pronto se hizo famoso. Un príncipe estaba agonizando, y hasta había exhalado su último aliento, cuando lo llamaron. El médico lo untó con pomadas, le dio polvos y le devolvió la salud. Lo recompensaron generosamente, sin discutir el precio.
Después lo llamaron para un conde moribundo. La Muerte estaba junto a su cabeza.
—El caso es grave, pero vamos a probar —dijo el médico.
Mandó a los criados girar la cama hasta que los pies quedaron frente a la Muerte. Aplicó sus pomadas y polvos, y el conde sanó. Tan contento estaba que le dio cuanto dinero pudiera llevarse.
Cuando la Muerte volvió a encontrarlo, le advirtió:
—No me hagas otra vez esa trampa. Lo ayudaste, sí, pero por un tiempo. De todos modos tendré que llevármelo cuando corresponda.
Pasaron los años. El médico envejeció tanto que se cansó de vivir y le pidió a su comadre que lo llevara. Ella no podía: él mismo había puesto una vela muy larga y había que esperar a que se consumiera.
Un día salió en su coche para visitar a un enfermo. Lo curó y emprendió el regreso. La Muerte apareció y subió con él. Empezó a jugar, a hacerle cosquillas y a rozarle debajo del cuello con una ramita verde. El anciano se recostó en su regazo y entró en el último sueño. Ella lo acomodó en el coche y se fue.
Lo encontraron muerto y llevaron su cuerpo a casa. Toda la ciudad y los pueblos vecinos lo lamentaron. Decían que había sido un buen médico, que había ayudado a tanta gente y que no habría otro como él.
Su hijo heredó lo que había reunido, pero no sabía curar. Un día, al entrar en la iglesia, encontró a su madrina.
—¿Cómo estás, hijo querido?
—Mientras me alcance lo que dejó mi padre, estoy bien. Después, solo Dios sabe.
—No tengas miedo. Yo soy tu madrina. Ayudé a tu padre y también voy a darte una manera de vivir. Vas a aprender con un médico y serás más hábil que él. Eso sí: portate bien.
Le untó una pomada sobre las orejas y lo llevó a casa de un médico. Este no sabía quién era aquella señora ni quién era el muchacho. La mujer pidió que lo enseñara y ayudara a hacerse un lugar, le recordó al joven que se portara bien y se despidió.
Maestro y aprendiz salieron a recoger hierbas. Cada planta le decía al muchacho para qué servía. Él elegía las que le hablaban, y sus remedios ayudaban contra todas las enfermedades. El médico también recogía plantas, pero no sabía descubrir sus virtudes como su alumno.
—Vos sabés más que yo —le dijo al fin—. Yo no logro reconocer las enfermedades de quienes vienen; vos encontrás una hierba para cada una. Hagámonos socios. Te cedo mi diploma y seré tu ayudante mientras viva.
El joven siguió curando con éxito, hasta que su propia vela terminó de arder en el mundo de abajo.





