El mono fue a bailar a casa de la agutí. La dueña de casa, muy lista, le dio una rabeca, un instrumento de cuerdas que se toca con arco, y lo puso a hacer música.
Ella empezó a bailar. En una vuelta dio un golpe de barriga contra la pared y se quebró la cola. Los animales que también tenían cola se quedaron mirando, con miedo de entrar en la ronda.
—¿Ahora nadie se anima? —dijo el preá, un pequeño roedor—. ¡Que siga la música y van a ver!
El mono, desconfiado, se subió a un banco y siguió tocando. El preá dio unas vueltas y se acercó a él con otro golpe de barriga. Al mono no le quedó más remedio que entrar en el baile con las agutíes y los demás animales.
Pronto todos empezaron a pisarle la cola.
—¡No bailo más! —protestó—. El compadre preá y el compadre sapo no deberían andar pisando colas ajenas. Ellos no tienen una que los demás puedan pisar.
Saltó hasta la ventana y desde allí continuó tocando, sin que nadie volviera a molestarlo.




