En una época cuyo año no se recuerda, cuando Milu vivía en Waipio, llegaron a las islas varias personas con sus esposas desde la lejana Kahiki. El relato dice que eran de naturaleza divina. Allí donde pasaban, llamaban la atención.
Llegaron primero a Niihau y luego recorrieron las demás islas. Desembarcaron por el sur de Hawaii, atravesaron Puna e Hilo y se instalaron en Kukuihaele, por encima de Waipio, en Hamakua.
Pero a su paso aparecían enfermedades. Entre jefes y pobladores se extendieron las fiebres, los escalofríos, los dolores de cabeza y otros males; muchas personas murieron. Se decía que aquellos visitantes los llevaban consigo. Entre ellos estaban Kaalaenuiahina, Kahuilaokalani y Kaneikaulanaula.
Detrás de quienes traían enfermedad viajaba Kamakanuiahailono, que tenía poderes para curar. Así sitúa esta narración el origen de los males y del arte de tratarlos en las islas.
Kamakanuiahailono llegó a Kau y se detuvo en Kiolakaa, al oeste de Waiohinu. En aquel lugar vivía mucha gente bajo el mando de Lono, un jefe que también trabajaba la tierra.
El viajero se sentó en una colina. Los vecinos se acercaron a verlo, como hacían cuando llegaba alguien nuevo. Entre ellos distinguió a un hombre de piel enrojecida.
—¡Qué roja tiene la piel ese hombre! —dijo.
—Es Lono, nuestro jefe. Es agricultor —le respondieron.
Kamakanuiahailono insistió en que aquel hombre estaba muy enfermo. Los vecinos no estuvieron de acuerdo: para ellos Lono estaba sano. Después de esa conversación, el viajero siguió su camino.
Algunos de los que lo habían escuchado corrieron a contarle a Lono sus palabras. El jefe levantó su oo, la herramienta con la que cavaba.
—Acá estoy, sin señal de enfermedad, ¡y resulta que estoy enfermo!
Bajó el oo con tanta fuerza que se hirió un pie, atravesándolo. Perdió sangre y cayó desmayado.
Un hombre tomó un cerdo y salió a la carrera detrás del visitante. Kamakanuiahailono oyó los chillidos del animal, se dio vuelta y esperó. El mensajero dejó el cerdo delante de él y le contó el accidente.
El viajero regresó. Por el camino juntó semillas tiernas y hojas de popolo en su manto. Al llegar pidió sal y preparó con ella y con la planta la cura que describe la historia. La puso sobre la herida bajo una cubierta de coco. El sangrado se detuvo antes de la noche.
Permaneció allí dos o tres semanas y después volvió a partir.
No llevaba mucho camino cuando oyó una respiración agitada a su espalda. Era Lono, que lo había alcanzado.
—¿Qué pasa? ¿Adónde vas? —le preguntó.
—Vos me curaste. Apenas te fuiste, hablé con quienes van a sucederme y les entregué mis cargos. Ahora ellos se ocuparán de todo. Yo vine detrás de vos para que me enseñes a curar.
El kahuna lapaau, el sacerdote sanador, le ordenó abrir la boca. Como acto de iniciación, escupió dentro de ella. Según el relato, ese acto lo preparó para el oficio que había elegido y en el que llegaría a ser muy hábil.
A causa de la herida del pie, Lono recibió el nombre de Lonopuha. Maestro y aprendiz atravesaron Kau, Puna e Hilo. Mientras avanzaban hacia Hamakua, Kamakanuiahailono le enseñaba a reconocer distintos males y a distinguir sus tratamientos.
Antes de llegar a Kukuihaele le hizo una recomendación:
—Conviene que vivamos separados. Establecete en otro lugar, así van a reconocer tu habilidad y tu trabajo.
Lonopuha siguió hasta Waimanu y se quedó allí. Su fama creció por las personas a las que lograba ayudar. En Kukuihaele oyeron hablar de él, tanto su maestro como los otros visitantes divinos. Sin embargo, Kamakanuiahailono no les contó a los compañeros de Kaalaenuiahina que él lo había formado.
Aquellos seres buscaban una ocasión para causar la muerte de Milu. Sus acciones lo estaban debilitando.
Al enterarse de la fama de Lonopuha, Milu mandó buscarlo. El sanador llegó a su casa, lo examinó y le dijo que podría librarse de sus males si seguía sus indicaciones. Lo trató y Milu se recuperó.
—Ya estás bien de los males que tenías adentro —le explicó después—. Todavía queda el peligro que viene de afuera. Necesitás una casa de hojas y unas semanas de quietud.
Prepararon una de aquellas casas de convalecencia, llamadas pipipi, y Milu se instaló en ella. Lonopuha le advirtió que, si escuchaba los gritos entusiasmados de un juego, no debía apartar las hojas de ti para mirar.
—Esos gritos van a anunciar un peligro para tu vida. El día que levantes las hojas para espiar, ese día vas a morir.
No habían pasado dos semanas cuando se oyeron exclamaciones alrededor de la casa. Dos aves jugaban en el aire, y la gente las siguió y aclamó durante todo el día. Milu escuchó, pero respetó la advertencia.
Casi al cumplirse la tercera semana hubo otra conmoción en Waipio. De las nubes salió un ave grande, de plumas magníficas. Volaba sobre los acantilados de Koaekea y Kaholokuaiwa y pasaba por encima de la multitud. La gente corría de un lado a otro para seguirla y gritaba sin parar.
Milu se impacientó. Quería saber qué estaban viendo. Al final apartó unas hojas de su casa y miró hacia afuera.
El ave se lanzó sobre él en ese mismo instante. Lo hirió debajo del brazo y se llevó su hígado. Milu murió.
Lonopuha vio al ave alejarse con el órgano y la persiguió. Ella se metió en una roca hundida, sobre la base del precipicio de Koaekea. Allí habían quedado rastros de sangre. El sanador los recogió en un trozo de tela, volvió junto a Milu y puso la tela en la herida con su medicina.
En este relato de poderes extraordinarios, Milu recobró la vida. El lugar donde había entrado el ave quedó llamado Keakeomilu, el hígado de Milu.
Pasó bastante tiempo. El rey se recuperó hasta que aquella primera muerte pareció haber quedado muy lejos. Lonopuha, sin embargo, seguía advirtiéndole:
—Escapaste de esa muerte. Todavía te espera otra.
Meses después, el oleaje de Waipio creció y rompió con fuerza contra la playa. Mucha gente salió a deslizarse sobre las olas. Quienes miraban desde la costa celebraban cada llegada de los surfistas.
Milu escuchaba el entusiasmo y sentía cada vez más pesada la restricción. Finalmente dejó de lado el consejo del sanador, tomó una tabla y salió al mar.
Nadó hasta el sitio adecuado. Dejó pasar la primera ola y la segunda. Esperó una tercera, más grande, se acomodó hacia la parte trasera de la tabla y aprovechó su fuerza. Llegó a la playa con gran velocidad y un buen dominio del cuerpo, entre los gritos de la gente.
Volvió a intentarlo. La segunda entrada parecía tan buena como la primera. Pero cerca del lugar donde terminaban de romper las olas, perdió el cuidado por un momento: el agua lo hundió y desapareció. La tabla salió despedida y terminó sola sobre la arena.
—¡Milu murió! ¡Milu murió! —gritaban desde la costa.
Lo buscaron y esperaron en vano. Su cuerpo no volvió a aparecer. La voz de este relato atribuye ese final a las advertencias desobedecidas una y otra vez.



