En Mokuleia, en la región de Waialua, vivían dos ancianos que rezaban a Kaneaukai para pedir una pesca abundante. Tenían pocas posesiones. Al terminar su comida de poi y pescado solían beber awa.
Dentro de los arrecifes de Mokuleia había aweoweo, kala, manini y otras especies. La gente buscaba también cangrejos blancos en la arena y pescaba calamares. Una parte de lo obtenido se comía enseguida; otra se salaba y secaba para guardarla. La versión histórica menciona como posibles fuentes de sal las rocas de Kaena y las salinas de Paukauwila.
Una mañana los dos ancianos encontraron en la costa un tronco que se parecía a una figura humana. Lo llevaron a su casa y lo pusieron en un rincón. Siguieron rezando a Kaneaukai como antes.
Una noche prepararon una cena escasa: poi, sal, unas nueces de kukui asadas y dos cuencos de coco con awa. Estaban por comer cuando vieron acercarse a un joven hermoso.
El visitante entró, los saludó y se presentó:
—Soy Kaneaukai, a quien le rezan. La figura que recogieron es mi imagen. Hicieron bien en cuidarla.
Se sentó como quien va a compartir la mesa. Los ancianos lo invitaron, aunque lamentaron que hubiera tan poco awa.
—Devuélvanlo al recipiente y repártanlo entre tres —les dijo.
Así hicieron. Los tres comieron y bebieron juntos.
Al terminar, Kaneaukai les indicó que fueran a Keawanui: allí encontrarían pescado suficiente por el momento. Después desapareció.
Los dos fueron al lugar señalado y consiguieron tres peces. Le dieron uno a una anciana de saberes rituales que vivía cerca y se quedaron con los otros dos.
Poco después los pescadores de Mokuleia capturaron un cardumen enorme. Salaron todo lo que pudieron, repartieron pescado entre los vecinos y aun así sobró. Hasta los perros tuvieron más de lo que querían comer.
Mientras la gente de Mokuleia disfrutaba de aquella abundancia, otros dos hombres, kahuna y pescadores, vivían al sur del valle de Waimea. Una mañana se quedaron sin pescado y fueron al puerto con su red.
En el primer lance sacaron una piedra calcárea del tamaño de una cabeza y un pez piloto. Dejaron ir al pez y devolvieron la piedra al agua.
Arrojaron la red otra vez. Volvieron a sacar la misma piedra y el pez piloto. Los soltaron. En el tercer lance ocurrió exactamente lo mismo.
Entonces comprendieron que aquella piedra podía representar a una divinidad.
—Llevémosla a tierra y levantémosla como imagen sagrada —dijo el mayor—. Al pez dejémoslo libre.
Instalaron la piedra en un recodo del promontorio al sur del puerto. Construyeron un recinto a su alrededor y acomodaron piedras planas del lugar para alisar el suelo.
Unos diez días después, estaban sentados junto a su casa al anochecer, lamentando que hubiera tan poco pescado. Kaneaukai apareció ante ellos con aspecto de joven.
Les dijo que habían hecho bien en levantar su imagen de piedra. Si seguían sus indicaciones, tendrían una pesca abundante.
—Vayan a Mokuleia. Allí van a encontrar mi imagen de madera. Tráiganla y pónganla al lado de la de piedra.
Los ancianos dudaron. La noche estaba oscura y, después de las crecidas del río Kamananui, podía haber arenas movedizas en el camino.
—Manden a sus nietos —respondió Kaneaukai.
Los dos jóvenes recibieron las indicaciones y partieron hacia Mokuleia por Kaika. Como no conocían bien el recorrido, no estaban seguros de por dónde seguir. Entonces apareció una luz de meteoro, hoku kaolele, que avanzó delante de ellos y les mostró cómo evitar las arenas movedizas.
Cruzaron el río, siguieron hasta Mokuleia y encontraron la imagen de madera en la casa de los primeros ancianos. La cargaron sobre los hombros y tomaron todo el pescado seco que podían llevar. Regresaron por el mismo camino y llegaron hacia medianoche.
A la mañana siguiente, los kahuna pusieron la figura de madera junto a la piedra, dentro del mismo recinto.
El testimonio de 1907 añade que la imagen de madera ya había desaparecido. Su autor cree probable que la destruyeran cuando Kaahumanu, después de convertirse al cristianismo, recorrió Oahu y ordenó quemar las imágenes religiosas. Lo presenta como una posibilidad, no como algo comprobado.
La piedra, en cambio, seguía allí en la época de la fuente. El autor recuerda ofrendas de cerdos asados hechas durante las décadas anteriores. Se dejaban en secreto, por temor a las autoridades que habían prohibido aquellas prácticas.



