En el valle de Mapulehu, al este de Kaluaaha, se levantaba el heiau de Iliiliopae. El templo miraba hacia el puerto de Ai Kanaka, también llamado Pukoo. Lo había mandado construir Kupa, soberano de aquella parte de Molokai, y allí tenía su residencia.
Kupa contaba con un sacerdote, Kamalo, que vivía en Kaluaaha. Kamalo tenía dos hijos traviesos. Un día, mientras el rey estaba pescando, los chicos entraron en su casa del templo, encontraron un tambor pahu kaeke y empezaron a tocarlo.
Algunas personas los oyeron y fueron a decirle a Kupa que los hijos del sacerdote lo estaban insultando con su propio tambor. El rey se enfureció y ordenó matarlos. Sus servidores los apresaron y cumplieron la orden.
Kamalo decidió buscar venganza por la muerte de sus hijos. Tomó un cerdo negro como ofrenda y salió en busca del adivino Lanikaula, que vivía en el extremo oriental de Molokai.
En Honouli encontró a un hombre al que un tiburón había arrancado la mitad inferior del cuerpo. El hombre le prometió vengarlo si Kamalo mataba a otra persona y le llevaba esa parte del cuerpo para reemplazar la suya. Kamalo no creyó en la oferta y siguió su camino.
Llegó al bosque sagrado de Lanikaula. El adivino escuchó su pena, pero no pudo ayudarlo. Le aconsejó ir hasta Kaneakama, en el extremo occidental de la isla.
Kamalo volvió a cargar su cerdo. Recorrió la costa, pasó frente a su propia casa y siguió hasta Palaau. Kaneakama lo envió al heiau de Puukahi, al pie del precipicio de Kalaupapa. Allí encontraría a Kahiwakaapuu, sacerdote y servidor de Kauhuhu, el dios tiburón.
Otra vez emprendió la marcha. Subió las colinas de Kalae, bajó por el precipicio y presentó su pedido al sacerdote. Pero aún le quedaba camino. Kahiwakaapuu le indicó la cueva Ana puhi, al nivel del mar, entre Waikolu y Pelekunu. Allí vivía Kauhuhu y debía hablarle directamente.
Kamalo llegó con su cerdo. En la entrada estaban Waka y Moo, dos servidores del dios.
—¡Alejate! Este lugar es kapu. Cualquier hombre que entre paga con su vida.
—Morir o vivir me da lo mismo si consigo vengar a mis hijos —respondió Kamalo.
Les contó lo ocurrido y los viajes que había hecho buscando ayuda. Ellos le advirtieron que Kauhuhu estaba pescando y que, si al volver lo encontraba allí, los mataría a los tres. Aun así, aceptaron esconderlo.
Buscaron un sitio que el dios no revisara. Sólo encontraron el montón donde tiraban las cáscaras y los restos de taro. Ocultaron allí a Kamalo con su cerdo y le ordenaron no moverse.
—Cuando veas llegar ocho grandes olas seguidas, vas a saber que vuelve.
Kamalo esperó. Al rato, ocho rompientes golpearon una tras otra contra las rocas. Cuando la última se deshizo en espuma, el dios tiburón salió del mar y tomó forma humana.
Olfateó el aire.
—Hay un hombre acá.
Waka y Moo lo negaron, asegurando que jamás habrían permitido semejante entrada en el recinto sagrado. Kauhuhu siguió buscando.
—Lo huelo. Si lo encuentro, ustedes mueren. Si no, se salvan.
Revisó todo una y otra vez sin sospechar del montón de desperdicios. Ya estaba por abandonar la búsqueda cuando el cerdo chilló.
Kauhuhu descubrió el escondite. Levantó a Kamalo con las dos manos y empezó a meterlo en su boca para devorarlo. El hombre alcanzó a hablar:
—Antes de comerme, escuchá mi pedido. Después hacé lo que quieras.
El dios lo dejó en el suelo.
—Te convino hablar así. Ahora contame, rápido.
Kamalo narró la muerte de sus hijos, su búsqueda y los caminos recorridos. Le entregó el cerdo. Kauhuhu sintió compasión y declaró sagrada su causa.
—Si hubieras venido por otra cosa, te habría comido. Voy a ayudarte contra Kupa, pero tenés que hacer lo que te diga.
Le ordenó volver a Puukahi, cargar al sacerdote Kahiwakaapuu sobre la espalda y llevarlo hasta su casa de Kaluaaha. Debía rodear su vivienda con una cerca sagrada y banderas de kapa blanca. También tenía que reunir cerdos negros, peces rojos y aves blancas, cada clase por lau, grupos de cuatrocientos.
Después tendría que esperar una señal: una nube blanca, del tamaño de una mano, que aparecería sobre Lanai. La nube crecería y cruzaría el canal contra el viento hasta detenerse en las cumbres de Molokai, detrás de Mapulehu. Entonces un arcoíris abarcaría el valle de lado a lado.
—Así vas a saber que llegué —dijo Kauhuhu—. Recordá que sos el único hombre que entró en mi lugar sagrado y salió vivo.
Kamalo regresó esperanzado y cumplió lo indicado. Llevó al sacerdote, construyó la cerca, levantó las banderas y reunió los animales, junto con cocos, telas blancas y otras ofrendas.
Después se sentó a esperar. Pasaron días. Los días se volvieron semanas y las semanas, meses.
Por fin apareció sobre Lanai una manchita blanca del tamaño de una mano. Avanzó contra el viento por el canal agitado y creció hasta formar una gran nube sobre las montañas de Mapulehu. Un arcoíris espléndido se extendió entre las tierras altas de ambos lados del valle.
Empezó el viento. Cayó la lluvia. Una tormenta furiosa bajó por el valle y llenó su cauce de una corriente que arrastraba cuanto encontraba.
El agua se extendió sobre las tierras bajas y alcanzó a Kupa y a toda su gente. Los llevó al mar, donde los tiburones los devoraron. No se salvaron por separado los culpables y los demás: la destrucción alcanzó a la población entera.
Sólo Kamalo y su familia quedaron a salvo dentro del recinto sagrado. El agua no cruzó su cerca, aunque arrasó a su alrededor.
Por eso, dice el relato, el puerto de Pukoo fue conocido durante mucho tiempo como Ai Kanaka, comedor de personas. También quedó una advertencia en la memoria local: cuando el arcoíris abarcaba Mapulehu, había que estar atentos al Waiakoloa, la tormenta de viento y lluvia que podía bajar de golpe por el valle.




