En una aldea muy poblada nunca habían faltado peces ni venados. Pero llegó una hambruna. Desapareció la comida y sus habitantes fueron muriendo, hasta que sólo quedaron con vida los dos hijos del jefe: una joven y su hermano menor.
La hermana sacó una bolsa de tela con las pertenencias de su padre y se la entregó.
—Como soy mujer, no importa si muero —le dijo—. Vos, en cambio, podés recibir la herencia de nuestro padre. Llevate estas cosas, cambialas por comida y viví.
El muchacho salió hacia la playa. Caminó largo rato por la arena hasta ver una casita algo apartada de la costa. Cerca de ella yacía una enorme ballena.
Dejó la bolsa afuera y entró. Había un hombre de apariencia divina, vestido con ropa moteada, y una mujer, también de aspecto divino, enteramente vestida de negro. El dueño de casa lo recibió sin preguntarle de dónde venía. Hirvieron carne de ballena y le dieron de comer. Durante todo ese tiempo, la mujer no lo miró.
Después, el joven fue a buscar su bolsa. Al abrirla, aparecieron objetos de enorme valor.
—Quiero pagarles la comida con esto.
El hombre contempló los tesoros.
—No hacía falta pagar. Podés comer toda la carne que quieras. Pero estas cosas son muy hermosas: las voy a llevar a mi otra casa y traeré mis propios tesoros para cambiarlos por los tuyos.
Se fue con la bolsa. Entonces la mujer miró por primera vez al muchacho.
—Escuchame. Soy la diosa osa y mi esposo es el dios dragón. Es tan celoso que no me animé a mirarte delante de él. Tus tesoros son cosas que ni los dioses poseen. Los llevó para copiarlos y ofrecerte falsificaciones.
El joven la escuchó. Ella siguió:
—Cuando vuelva y los muestre, decile que no querés cambiar tesoros: que querés comprar a su mujer. Se va a enfurecer y se irá. Después podremos casarnos. Eso es lo que tenés que decir.
Al rato regresó el dios dragón, sonriendo. Traía los tesoros verdaderos y los otros que quería dar a cambio. Los puso ante el joven y le propuso el intercambio.
—Aunque también me gustan los tesoros —respondió el muchacho—, quiero más a tu esposa. Dámela en lugar de los objetos.
Apenas terminó de hablar, un trueno estalló sobre la casa. El ruido lo dejó aturdido. Cuando pudo mirar alrededor, la casa había desaparecido. Sólo quedaban él, la diosa y los tesoros.
—Mi esposo se fue lleno de rabia porque vos y yo queremos estar juntos —le explicó ella—. Por eso hizo ese estruendo. Ahora podemos vivir juntos.
Y juntos vivieron. El relato cuenta que de esa unión viene el parecido que tiene el oso con los seres humanos.




