Un día Okikurumi salió al mar con su compañero Samayunguru. Arponearon a un tiburón enorme, pero el animal escapó arrastrando la cuerda y la embarcación.
Iba de un lado a otro del mar. Los dos tiraban con todas sus fuerzas, sin poder detenerlo ni gobernar el bote. La cuerda les abrió ampollas; tenían sangre en las palmas y en el dorso de las manos. Al fin Samayunguru cayó muerto en el fondo de la embarcación.
Okikurumi resistió hasta que tampoco pudo sujetarse más. Entonces maldijo al tiburón:
—Voy a cortar la cuerda, pero la punta del arpón quedará en tu carne. Está hecha de hierro y de hueso: dentro del cuerpo vas a sentir el golpear del hierro y el raspar del hueso. De tu piel brotarán los árboles rasupa y shiuri, con cuya madera está hecho el mango. Crecerá también la hierba hai que une la punta al asta, y el árbol nipesh, del que salió la cuerda. Por grande que seas, ya no podrás nadar. Morirás y el mar te arrojará a la desembocadura del Saru. Ni los cuervos carroñeros, ni los perros, ni los zorros querrán comerte: sólo dejarán sus excrementos sobre vos. Al final te pudrirás hasta volverte tierra.
El tiburón se rio. Creía escuchar a un simple hombre diciendo cosas que jamás sucederían.
Okikurumi cortó la cuerda. Después de mucho tiempo consiguió llegar a la costa. Allí devolvió la vida a Samayunguru.
Mientras tanto, la punta de hierro y hueso seguía clavada en el tiburón. Dentro de su cuerpo repercutían el golpear del hierro y el raspado del hueso. En su piel empezaron a crecer los árboles rasupa y shiuri; también la hierba hai y el árbol nipesh, todos los materiales del arpón y su cuerda.
El gran animal ya no pudo nadar. Murió y fue arrojado a la desembocadura del río Saru. Los cuervos, los perros y los zorros no comieron su cuerpo. Dejaron allí sus excrementos, y el tiburón terminó por descomponerse y volverse tierra.
Por eso el relato dirige su advertencia a los tiburones de ahora: tengan cuidado de no encontrar el mismo final.




