Había un hombre que recorría los pueblos mintiendo para quitarles cosas a los demás. Cuando ya no podía sacar nada en un lugar, seguía camino hacia otro. Mientras andaba, iba preparando la próxima mentira.
Un día oyó una voz que no era humana.
—¡Pau! ¡Pau!
La voz salía de su propia boca. Miró su cuerpo: se había convertido en zorro.
Pensó en regresar a su aldea, pero allí lo matarían los perros. En cualquier otro pueblo le podía ocurrir lo mismo. Se apartó del camino y subió llorando a las montañas. Encontró un roble grande, lleno de hojas, y se acostó debajo.
Cuando se durmió, soñó que estaba frente a una casa enorme. Una mujer de aspecto divino salió a hablarle.
—Por tus malas acciones te convertiste en un ser dañino —le dijo—. ¿Por qué venís a quedarte junto a mi casa? Yo te dejaría como estás. Pero soy este árbol, al que el cielo puso a la cabeza de los árboles. Si morís acá, vas a contaminar mi morada. Por eso te devolveré la forma humana y te mandaré a tu hogar. No vuelvas a portarte así.
Mientras soñaba, unas ramas de la copa se quebraron y cayeron con estrépito. El ruido lo asustó y se incorporó de golpe.
Tenía otra vez cuerpo de hombre.
Le rindió culto al roble y volvió a su casa. Desde entonces dejó sus malas acciones. Y el relato hace llegar la advertencia también a quienes lo escuchan: no obren como él había obrado.




