Oolah, la lagarta, buscaba ñames en una llanura de arbustos mirrieh. Llevaba consigo a tres de sus hijos. De pronto creyó oír pasos y se detuvo a escuchar.
Wayambeh salió de detrás de un arbusto y la sujetó.
—No hagas ruido y no te voy a lastimar. Te llevaré a mi campamento para que seas mi esposa. También llevaré a tus hijos y los cuidaré.
Oolah sólo tenía su palo de cavar. Él llevaba lanzas y otras armas. No pudo resistirse y Wayambeh se la llevó con los niños.
Al verlo llegar, los suyos le preguntaron si el grupo de Oolah se la había entregado.
—No. La robé —respondió.
Le advirtieron que vendrían a buscarla y que él tendría que defenderse solo.
—No nos avisaste. Teníamos una joven de nuestro propio grupo para vos, y fuiste a llevarte a una Oolah. No vamos a pelear por lo que hiciste.
Poco después vieron acercarse a los Oolah por la llanura. No traían mujeres ni ramas de paz. Llevaban pintura de guerra y armas de combate.
El jefe de los Wayambeh repitió que no lo ayudarían y le ordenó salir a enfrentar sus propias consecuencias.
Wayambeh eligió los dos escudos más grandes. Se colgó uno delante del cuerpo y otro en la espalda. Tomó sus armas y avanzó hacia sus enemigos.
—¡Vengan! —gritó todavía a cierta distancia.
Le respondieron con una lluvia de lanzas y bumeranes. Él escondió los brazos detrás de los escudos y metió la cabeza entre ambos. Las armas rebotaron sin herirlo.
Volvió a estirar los brazos y levantar la cabeza.
—¡Prueben otra vez! ¡Estoy listo!
Recibió otra descarga y se protegió del mismo modo. Pero los Oolah fueron cerrando el círculo. Lo obligaron a retroceder hacia el arroyo y se acercaron tanto que ya no tuvo salida por tierra.
Se quitó el escudo delantero, dejó caer sus armas y se lanzó al agua.
Sus enemigos esperaron con las lanzas preparadas, atentos al momento en que sacara la cabeza. Esperaron en vano. No volvieron a ver al hombre Wayambeh.
En el pozo apareció una criatura extraña. Llevaba una estructura fija sobre el lomo, semejante a un escudo. Cuando intentaban atraparla, recogía la cabeza y las patas.
—Es Wayambeh —dijeron.
Así cuenta el relato que comenzaron las tortugas en los arroyos.



