Los dos hermanos Weeoombeen salieron a cazar. El menor era mucho más chico. Cuando vieron un emú, el mayor le pidió silencio.
—Quedate acá. Si Piggiebillah te oye, va a venir a quitarnos la presa. Es muy fuerte.
El mayor se arrastró por el suelo hasta acercarse al ave. Entonces se levantó y arrojó una piedra con tanta puntería que la mató en el acto.
Su hermano se alegró tanto que olvidó la advertencia y gritó. El mayor le hizo una señal, pero ya era tarde: Piggiebillah venía hacia ellos. Dejó el emú y volvió junto al pequeño.
—¿Qué encontraron? —preguntó Piggiebillah.
—Unas bayas de muérdago —dijo el mayor.
Piggiebillah no creyó que aquello mereciera un grito tan alegre. El menor trató de ayudar:
—Le pegué a un pajarito con una piedra. Estaba contento por mi puntería.
—No era un grito por un pajarito. Si no me dicen qué encontraron, los mato a los dos.
Asustados, le mostraron el emú. Piggiebillah lo arrastró hasta su campamento para cenar. Los hermanos lo siguieron y hasta lo ayudaron a encender el fuego, con la esperanza de recibir una parte. Pero él quiso quedarse con todo.
Los Weeoombeen se fueron enojados. Buscaron a unos hombres que vivían cerca y les contaron que Piggiebillah tenía un emú gordo recién cocinado. Los hombres tomaron sus lanzas y prometieron compartir la carne si los hermanos los guiaban.
Al llegar, rodearon a Piggiebillah y empezaron a arrojarle lanzas. Le quedaron clavadas por todo el cuerpo.
—¡Se lo pueden llevar! ¡Se lo pueden llevar! —gritaba.
No pararon hasta que las heridas le impidieron seguir hablando. Después buscaron la comida. Había desaparecido. También faltaban los hermanos.
Las huellas mostraban que los Weeoombeen habían arrastrado el emú hasta su refugio de pasto. Pero al ver que los hombres se acercaban, los hermanos llevaron la presa a una cueva cuya entrada cerraba una gran piedra. Sólo ellos conocían el modo de moverla. Entraron con el emú y la acomodaron otra vez.
Los perseguidores siguieron las huellas y oyeron voces adentro. Intentaron desplazar la piedra sin conseguirlo. Entonces metieron sus lanzas por las rendijas de los costados.
Los hermanos habían previsto el ataque. Pusieron el emú delante de ellos como escudo. Las puntas se clavaron en su cuerpo y no los tocaron.
Los hombres salieron a buscar ayuda para mover la piedra. Apenas se alejaron, escucharon las risas de los Weeoombeen. Volvieron a lanzar sus armas y partieron otra vez. Las risas los hicieron regresar de nuevo.
Los hermanos comprendieron que debían callarse. En el siguiente ataque no hablaron ni se rieron. Sus enemigos, convencidos de haberlos matado, fueron a reunir la fuerza y la habilidad de todo el campamento.
Dentro de la cueva, los Weeoombeen comieron un poco de emú y pensaron cómo escapar. Sabían que, si volvían a encontrarse con aquellos hombres, los matarían.
Por fin los perseguidores regresaron y apartaron la piedra. Entraron unos, después otros: sólo encontraron los restos del emú, con sus lanzas clavadas. Los hermanos no estaban.
Buscaron huellas afuera. No había ninguna. Cerca de la entrada, dos pajaritos de garganta blanca se posaban en un arbusto. A ratos volaban alrededor de la cueva y luego volvían a la misma rama, como si comentaran lo ocurrido en una lengua que los hombres no entendían.
Nunca apareció otra señal de los hermanos. Con el tiempo, sus perseguidores se convencieron de que se habían transformado en aquellos pájaros para escapar. Desde entonces, las aves de garganta blanca llevaron el nombre Weeoombeen.
Piggiebillah también quedó recordado en un animal: el equidna, cuyo cuerpo está cubierto de pequeñas puntas semejantes a lanzas.



