Gwineeboo y Goomai, la rata de agua, estaban recogiendo moluscos en el arroyo cuando un canguro saltó al agua junto a ellas. Comprendieron que escapaba de unos cazadores.
El animal quedó enredado entre las plantas. Gwineeboo tomó su palo de cavar y lo golpeó en la cabeza. Una vez muerto, las dos mujeres lo escondieron bajo la vegetación acuática: temían que los cazadores vinieran a reclamarlo. El pequeño hijo de Gwineeboo había visto todo desde la orilla.
Las mujeres recogieron sus moluscos y empezaron a volver. Entonces aparecieron Quarrian y Gidgereegah, siguiendo las huellas del canguro.
—¿Lo vieron pasar?
—No vimos ninguno. Estábamos juntando esto. Vengan al campamento y les daremos de comer.
Los jóvenes las siguieron, todavía extrañados porque el rastro terminaba allí. Cuando la comida estuvo lista, se sentaron con ellas. Pero el niño no quería moluscos.
—Gwineeboo, Gwineeboo, quiero canguro —repetía.
Quarrian dijo que el chico debía haberlo visto. La madre respondió que pedía cualquier cosa que se le ocurriera. El niño siguió insistiendo.
Goomai se enfureció porque despertaba las sospechas de los visitantes. Le pegó en la boca con tanta fuerza que empezó a sangrar. La sangre le bajó por el pecho y lo tiñó de rojo.
Gwineeboo golpeó a Goomai por haber lastimado a su hijo. Goomai le devolvió el golpe. Entre la pelea, los gritos y el llanto, los cazadores aprovecharon para alejarse sin ruido. Decidieron esconderse y volver más tarde.
Cuando las mujeres los vieron desaparecer, dejaron de pelear. Esperaron un rato para asegurarse y fueron a sacar el canguro del arroyo. Estaban preparando un gran fuego cuando regresaron los jóvenes.
—¡Tenían nuestra presa todo este tiempo!
—Nosotras la matamos.
—Nosotros la perseguimos hasta acá.
Tomaron el canguro, lo arrastraron a cierta distancia y lo cocinaron. Las dos mujeres y el niño se acercaron a pedir una parte. Los hombres no quisieron darles nada, ni siquiera ante el llanto del chico. Dijeron que preferían tirar lo que sobrara a los halcones.
Las mujeres se retiraron. Construyeron un refugio grande, se encerraron con el niño y empezaron a cantar para llamar una tormenta que destruyera a quienes ahora consideraban sus enemigos:
«Moogaray, Moogaray, May, May, Eehu, Eehu, Doongarah».
En la versión conservada, el canto llama al granizo, al viento, a la lluvia y al relámpago. Empezaban despacio y en voz baja, y aceleraban hasta casi gritar. El niño seguía llorando.
Cayeron gotas enormes. Llegó un viento fuerte, después más lluvia, truenos y relámpagos. El aire se volvió helado. Granizos mayores que huevos de pato arrancaban hojas y golpeaban la corteza de los árboles.
Quarrian y Gidgereegah corrieron al refugio y pidieron entrar.
—No hubo carne para nosotros; no habrá techo para ustedes —gritó Gwineeboo—. Pídanles refugio a los halcones.
Prometieron cazar muchos canguros para ellas, pero las mujeres no cedieron. Dijeron que quienes no habían escuchado el llanto de un chico merecían perecer. Y siguieron cantando, mientras la tormenta crecía.
Los jóvenes habrían muerto si no se hubieran convertido en aves. Después se transformaron en estrellas. Allí permanecen, Quarrian y Gidgereegah, con el canguro entre los dos y los mismos nombres que llevaban en la tierra.



