Una mujer muy hermosa todavía no se había casado. Ya habían elegido al hombre que sería su esposo, pero aún no habían tenido relaciones. Por eso, cuando descubrió que estaba embarazada, quedó muy sorprendida.
La gente empezó a decir que habría estado con otro hombre. Su prometido se enfureció, aunque no sabía de dónde venía aquel embarazo.
Llegó el parto y la mujer dio a luz una pequeña serpiente. Sintió una gran vergüenza. Su madre tomó a la criatura, salió de la casa y habló llorando:
—¿Qué dios quiso darle un hijo a mi hija? Si iba a hacerlo, podría haberle dado un niño humano. Nosotros no podemos criar a esta serpiente. Ya que es hijo del dios que lo engendró, que él lo cuide.
La arrojó afuera y volvió a entrar.
Poco después se oyó llorar a un bebé. La abuela salió y encontró a un niño hermoso. Lo llevó adentro. La madre lo recibió con lágrimas de alegría. Era un varón y se quedó con ellas.
El niño creció. Cuando llegó a ser hombre, se convirtió en un gran cazador: conseguía muchos venados y osos.
Su madre seguía asombrada por lo ocurrido. Lo que había pasado era que, mientras dormía, la luz del sol entró por la abertura del techo y brilló sobre ella. Así había quedado embarazada.
Después tuvo un sueño en el que escuchó:
—Soy una divinidad. Te di un hijo porque te amo. Cuando mueras, serás mi esposa. Nuestro hijo, cuando se case, tendrá muchos hijos.
La mujer rindió culto a quien le había hablado. Su hijo prosperó. Los osos no podían alcanzarlo cuando lo perseguían; era un cazador extraordinario y un hombre rico.
La mujer murió sin haber tenido un esposo humano. Más tarde, su hijo se casó, tuvo hijos y aumentó su riqueza. Al concluir, la voz que cuenta asegura que sus descendientes todavía viven.




